De niño soñé que Donald Trump era presidente

Bueno, no exactamente; quiero decir que ahora que Donald Trump está a punto de convertirse en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos, recordé una pesadilla que tuve cuando era niño. Estaba yo en primero o segundo de primaria y en la escuela a la que iba teníamos una clase de trabajos manuales, en la que, como su nombre lo dice, se trataba de hacer toda clase de monerías con diferentes materiales, supongo yo que con la intención de desarrollar en los alumnos sus habilidades plásticas, el manejo de dimensiones y formas, la correcta apreciación de proporciones, no sé, cuando uno tiene siete u ocho años no se pregunta para qué sirve cada materia, uno se limita a disfrutarlas o padecerlas. Ésa yo la padecía particularmente, ya que desde niño se reveló mi torpeza manual pues, sin excepción alguna, el más pinche de los trabajos era siempre el mío. El único logro que tuve en esa clase fue una vez que el profesor hizo un concurso de capitales de los países del mundo (aún no entiendo por qué), y ahí sí que mis compañeros mordieron el polvo de ida y de regreso.

El caso es que en una ocasión, el proyecto en la clase de trabajos manuales era hacer una especie de piñata, con forma de algún animal. Para ello, tendríamos que inflar un globo, cubrirlo con papel periódico y engrudo, pintarlo y decorarlo en todos sus detalles. Recuerdo que algunos compañeros hicieron unas piñatas sobresalientes, unos gatos o ratones o perros muy bien logrados, con sus bigotes y orejas puntiagudas y sus colas, además de quedaron perfectamente pintados del color que correspondiera. Yo por mi parte, decidí hacer una piñata de oso, pues pensé que sería más fácil hacer unas orejas redondas a base de una bola de periódico engrudado, que unos apéndices picudos para que pareciera gato. El resultado fue una bola chata de la parte de atrás, pues el pinche globo tuvo a bien desinflarse, cubierta de un pegosteadero de cuadros de papel periódico que nunca pude alisar u homogeneizar, pintada al acuarela con unos trazos gruesos y torpes de un café sin ningún tipo de uniformidad; ello, además de unos ojos, nariz y boca trazadas con bastante poco cuidado. Vamos, que si yo, de grande viera algo similar, primero tendría que disimular la risa para luego sentir una pena enorme por el autor de aquello (supongo que el profesor sintió lo mismo y la única razón por la cual me gané un 7 en la boleta final fue mi vasto conocimiento de las capitales del mundo).

Sin embargo, hacer una piñata cucha y contrahecha no era ya un gran problema para mí, estaba acostumbrado a las miradas burlonas de los otros, además de que como era el niño gordo del salón, el bullying era cosa de todos los días; finalmente uno aprende a sobrellevar el acoso de los gandallitas de la escuela, pero sobre todo a desquitarse cuando quieren copiarte la tarea y en los exámenes y te das el lujo de mandarlos a la chingada. La pesadilla comenzó cuando el profesor de trabajos manuales nos dijo que conserváramos las piñatas, porque la semana siguiente el director de la escuela visitaría nuestro salón para verlas. Para mí fue una semana de terror, no que haya sido mala o complicada, sino en la que literalmente viví aterrorizado y con miedo de que llegara el día. A fin de cuentas, el profesor y mis compañeros ya sabían de mi incapacidad para hacer algo siquiera decente, pero invitar a un testigo externo implicaba exponerme al ridículo; y no era cualquier testigo, sino alguien de tan inalcanzable jerarquía, quien además se erige como una figura en sí misma atemorizante, el director de la escuela sólo visita el salón o sólo te mandan a su oficina, cuando sucedió algo grave.

Durante toda esa semana no pude pensar en otra cosa más que en la visita del director a la clase de trabajos manuales, pero al mismo tiempo me era imposible proyectarme al escenario real. Quiero decir, que mi mente se negaba a aceptar que el día fuera a llegar, la potencial humillación era tan grande que no podía siquiera imaginarla de una forma más o menos realista; todas las visiones que tenía estaban deformadas o alteradas en un sentido o en otro, creando situaciones absurdas que evidentemente no sucederían. Este estado de negación se da, supongo, cuando tienes frente a ti un evento que puede ser traumático y para el cual no estás preparado, como un examen para el que no estudiaste, la extracción de las muelas del juicio o una auscultación de próstata. Es un estado de una dualidad paradójica, puesto que uno intenta imaginarse lo que sucederá y lo que sentirá, pero al mismo es un tanto difícil vislumbrar con cierta exactitud lo que sucederá en realidad, así que uno está en la total incertidumbre.

Así estuve toda la semana, por un lado no podía dejar de pensar en el evento pero por otro lado me negaba a aceptar que sucedería. Hasta que llegó la noche anterior, en la que soñé con la visita del director; a pesar de que fue hace tantos años lo recuerdo como si lo hubiera soñado ayer, además de que es uno de los sueños más vívidos que he tenido jamás, pues todo era perfectamente acorde con la realidad. Entró el director, con su pantalón de vestir y su suéter de tres botones, recorrió los pupitres puestos en herradura, fingió una estúpida sonrisa que destilaba, sobre todo, fastidio de tener que estar ahí, disque admirando los trabajos, hasta que regresó al inicio del salón junto a la puerta. Con toda claridad recuerdo que se le quedó mirando al profesor de trabajos manuales y dijo: “Todos los trabajos están muy bien, ¡excepto ése!” y me señaló con su dedo índice, soltando una carcajada y provocando las carcajadas de todos los demás compañeros.

Desperté y vi que seguían encendidas las luces de la sala y el pasillo del departamento en el que vivía con mi mamá (por alguna extraña costumbre, me dejaba abierta la puerta de mi cuarto cuando me iba a dormir). Ella estaba en la cocina y se sorprendió de verme ahí, era rarísimo que a media noche saliera de mi cama; le conté el sueño y le supliqué que me dejara no ir a la escuela al día siguiente. Me sentó en la mesa de la cocina, supongo que me sirvió un vaso de leche y no sé cómo hizo para calmarme y convencerme de que nadie se burlaría de mí, a pesar de que mi oso de periódico y engrudo era una desgracia. Me mandó de regreso a dormir y al día siguiente me llevó de la mano a la escuela. La anunciada visita del director la recuerdo mucho más brumosa que el sueño, pero creo que fue muy parecida (el pantalón, el suéter, los pupitres en herradura, la sonrisa imbécil) excepto por las risotadas finales por supuesto; pero sobre todo recuerdo que mi alma descansó cuando el cabrón tuvo a bien largarse del salón y dejarnos seguir con el siguiente proyecto fallido.

¿Qué tiene que ver todo esto con Donald Trump? En realidad nada, salvo por el hecho de que durante el proceso electoral gringo y, más intensamente desde el 8 de noviembre, en México, en el mundo y los sectores más liberales de los medios gringos y las redes sociales, estuvimos en un permanente estado de negación ante la posibilidad y el hecho consumado de que un hombre tan ególatra, narcisista, impulsivo e iracundo, se convirtiera en la persona más poderosa del mundo y en el líder del mundo occidental. Así como llegó el famoso Y2K o la fecha en que los mayas supuestamente predijeron el fin del mundo, ha llegado el día en que la presidencia de Donald Trump ya no es una pesadilla sino una realidad. Para mala fortuna de todos nosotros, este hecho para el cual creo que aún no estamos preparados, al menos psicológicamente, no durará unos cuantos minutos como la visita del director de mi escuela, sino cuatro años si bien nos va.

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Gasolinazo para el alma

Voy a interrumpir momentáneamente mi lectura de Los años sabandijas de Xavier Velasco, porque esto del gasolinazo es un tema sobre el que vale la pena detenerse a pensar un poco, pero también sobre la forma en que la sociedad, específicamente en las redes sociales, se ha manifestado al respecto. Feisbuc y tuiter son hoy en día las vías más rápidas y dinámicas para difundir noticias, datos duros, opiniones y demás respecto de un suceso, pero sobre todo son un termómetro muy útil para medir la temperatura social. Dicho termómetro ayuda a calibrar no sólo si la gente está contenta o enojada, sino la manera en que expresa su aceptación o rechazo a uno u otro suceso; vamos, que gracias a la conexión inmediata en que estamos unos con otros (¿unos contra otros?), se puede ver de primera mano no sólo cuál es la opinión pública, sino sobre todo cómo es esa opinión.

En una entrada anterior decía yo que tengo una relación complicada con la forma en que los temas de interés público se abordan en las redes sociales. Lo anterior, en tanto que los contenidos que circulan por dichos medios se limitan a reafirmar las convicciones de quien las emite y de quien las replica; ello, porque la pantalla del celular requiere celeridad y la celeridad requiere brevedad y la brevedad no tiene espacio para la elaboración de ideas. La contundencia de estos estímulos nos ha vuelto flojos mentalmente (cuántas veces no hemos entrado a una nota en la que el texto íntegro es diametralmente opuesto al encabezado de la publicación en feisbuc, de lo cual no es difícil desprender que quien la compartió no la leyó), razón por la cual hemos suspendido nuestro juicio crítico; gracias a las redes sociales, la gente se ha vuelto más combativa pero mucho menos analítica. Si una publicación se ajusta a nuestras convicciones la compartimos sin pensar, si las contradice, le mentamos la madre a su autor o a quien nos la hizo llegar.

El gasolinazo es una medida impopular, pues nos guste o no, a todos nos afecta de manera directa e inmediata, independientemente de su pertinencia a mediano y largo plazo; por lo mismo, ha generado una animadversión prácticamente generalizada en todos los sectores sociales, desde los estratos bajos hasta las cúpulas empresariales, pasando de manera muy importante por la clase media. Sin embargo, las manifestaciones de rechazo que circulan en las redes sociales provocan mucho enojo pero poco debate, puesto que se comparten muchas consignas pero pocos argumentos. En esta era de las redes sociales, el ciudadano común tiene acceso a más información que en ningún otro momento de la historia, lo cual nos permite formarnos una opinión sobre casi cualquier tema, lo cual no está mal en sí mismo, pues la información es un instrumento básico y necesario para generar una sociedad civil organizada. No obstante, tanta información y la necesidad de ser breve en las redes hace que las personas tengan más certezas que dudas, más convicciones que inseguridades, que profieran más afirmaciones y se hagan menos preguntas.

En específico, el precio de la gasolina es un tema en el que intervienen muchos elementos muy técnicos (sobre costos de producción, precios internacionales, tasas de retorno y otros tantos que ni entiendo), como para que alguien que no sea un experto pueda tener una opinión concreta y contundente. Sin embargo, al ser una decisión política, la discusión se volvió política y, por tanto, se simplificó de forma tal que se convirtió en apta para las redes sociales: en cuanto a política, todos tenemos una opinión sólida y sustentada para evitar que nos tomen por tontos o desinteresados o egoístas. Que no se me malinterprete, de ninguna manera quiero decir que el tema del gasolinazo no deba ser abordado por el ciudadano común en las redes sociales, ni que no deba ser analizado a través del prisma de la política; sólo digo que en la gran mayoría de lo que circula en internet (hay sus excepciones, y puedo decir que son varias y muy notables entre mis contactos tuiteros y feisbuqueros) no leo un diálogo en el que se crucen dudas, cuestionamientos e ideas, sino un intercambio de consignas en el que cada quien está convencido de tener la razón, sin ejercer un poco de juicio crítico sobre sus propias convicciones y lo que dicen los políticos de su preferencia.

El problema de que se haya convertido en una discusión política es que intervienen los políticos, quienes buscan canalizar el descontento para su provecho electoral. A los políticos no se les puede exigir mucha autocrítica con lo que dicen, están haciendo su trabajo, pero sus simpatizantes debieran ser los primeros en cuestionar las afirmaciones de aquéllos; no hay nada más peligroso para la democracia que un político reciba un cheque en blanco de juicio crítico de parte de sus seguidores. En este sentido, la discusión se simplifica en dos: quienes apoyan y quienes rechazan el gasolinazo.

Entre los primeros vemos, por lo general, a simpatizantes del PRI y, por tanto, del gobierno. Estos esgrimen y reproducen un montón de argumentos racionales que justifican la necesidad de llevar el precio de la gasolina a su costo real de producción. La explicación que ofreció el presidente es que fue una medida necesaria para no poner en riesgo las finanzas públicas de este país. Tal vez tiene razón, pero quienes están a favor de la decisión del gobierno parece que no se cuestionan si no había otras formas de despresurizar las finanzas públicas, por un lado, o bien de evitar que el aumento de la gasolina tuviera un impacto tan violento en el bolsillo de la gente.

Por el lado del gasto público, está ampliamente documentado que mucho dinero de los contribuyentes se va en lujos para los funcionarios del gobierno, legisladores, Ministros de la SCJN, consejeros del INE, como en la compra de iPhones, comedores de lujo, seguros de gastos médicos mayores, bonos de fin de año. Y por la parte de minimizar el golpe para las finanzas personales de la gente, el gobierno nunca quiso entrarle seriamente a la discusión de aumentar el salario mínimo para llevarlo a un nivel más o menos comparable con el de otros países. Vamos, que quienes justifican el gasolinazo con sus cifras técnicas parecen no entender el motivo real del enojo, al menos lo que a mí me indigna más: que es siempre la sociedad la que debe asumir el costo de las decisiones políticas, mientras que los funcionarios públicos de alto nivel se asignan a sí mismos, y se aumentan cada año, una serie de gastos para su beneficio personal, en lugar de invertirse de forma tal que los ciudadanos que ponemos ese dinero recibamos algo a cambio (el colmo del cinismo, por el timing sobre todo, es que tengan vales de gasolina por cantidades absurdas, cinco mil pesos al mes o algo así, para que no tengan que pagarla de su bolsillo).

Por otro lado están quienes rechazan la medida, pero que también adolecen de una carencia de juicio crítico con lo que dicen los políticos con quienes se identifican. En primer lugar están los simpatizantes del PAN, quienes le atribuyen al gobierno actual toda y absolutamente toda la responsabilidad del gasolinazo; por ahí vi un meme comparativo entre el precio de la gasolina cuando terminó el sexenio de Felipe Calderón y el actual, como para argumentar que los gobiernos panistas no afectaron a la sociedad. Sin embargo, parecen no cuestionarle al PAN que, por ejemplo, durante la administración de Fox los precios internacionales del petróleo representaron miles de millones de dólares de superávit para el Estado que se quemaron en gasto corriente, en vez de invertirlos en infraestructura para PEMEX, para migrar a energías renovables o para generar transporte público eficiente y masivo; o bien, que durante la administración de Calderón se implementaron aumentos mensuales y que se abandonó el proyecto de una refinería en Tula.

Por otro lado está la izquierda, la cual consigna a través de sus líderes, que el gasolinazo es una traición al pueblo pues implica que será más caro un bien de consumo básico. Tal vez tengan razón, pero sus simpatizantes replican su mantra sin ponderar que el precio subsidiado de la gasolina a quien más beneficia es a los más ricos que llenan los tanques de sus camionetas (y las de sus guaruras) de ocho cilindros. Tampoco cuestionan si sus gobiernos, al menos en la Ciudad de México, han generado alternativas para que sea más conveniente moverse en transporte público que en auto privado. Yo veo que, por un lado, el Metrobus y el metro están rebasados en su capacidad; hay que reconocer que somos demasiados chilangos moviéndonos al mismo tiempo, pero eso es un hecho irreversible que requiere soluciones creativas y eficientes de política pública. Y por el otro, veo también que se han construido un montón de supervías y segundos pisos para los automóviles privados.

Yo en lo personal, tengo más preguntas que afirmaciones respecto de si es correcto o no el aumento al precio de la gasolina. Sólo puedo decir que no me gusta que me vaya a costar más dinero llenar el tanque de mi coche, pero también entiendo que es el precio que tengo que pagar por usar un coche privado y provocar los efectos negativos consecuentes (externalidades que les llaman los expertos), para finalmente concluir que, afortunadamente, el nuevo precio de la gasolina no desestabilizará mis finanzas personales y familiares. Pero más allá de eso, reconozco que para muchas otras personas sí representa un impacto significativo en su bolsillo; pero también creo que un precio subsidiado a la larga es más perjudicial que benéfico, además de que es necesario migrar al uso de energías renovables y menos contaminantes. Un par de textos que me han ayudado a entender mejor el tema aquí y aquí.

Me podrán decir que soy un tibio por no comprometerme a adoptar una posición, y puede ser que tengan razón; prefiero parecer tonto a confirmarlo opinando sobre un tema del que no sé mucho. Pero no sólo eso, a diferencia de quienes se suben al ring del tuiter y el feisbuc, a mí las dudas me resultan mucho más interesantes y enriquecedoras que las convicciones. Las certezas nos dan respuestas y las respuestas nos dan seguridad; sin embargo, son una pared de la que no podemos pasar. La respuesta es el objetivo, es el fin del camino y ahí es dónde se termina la búsqueda, esto es, el análisis crítico. Por el contrario, las dudas generan preguntas y las preguntas son puertas que, al abrirse nos obligan a seguir razonando críticamente; y si de casualidad llegamos a una respuesta, es necesario cuestionarla también. Para que haya debate son necesarias las ideas, para que se generen ideas es necesario hacerse preguntas y para hacerse preguntas, lo primero es tener dudas; si nadie tiene dudas de nada, entonces es imposible dialogar con los demás y, por tanto, encontrar puntos de encuentro.

En su libro El punto ciego, Javier Cercas, autor de libros notables como Soldados de Salamina, Anatomía de un instante o El impostor, al disertar alrededor de la novela como género literario, plantea que, en su forma de concebirla, la literatura más interesante y enriquecedora, como medio para conocer la condición humana, es aquélla que plantea una pregunta pero que no ofrece una respuesta tajante sino una ambigua, es decir, que puede ser una cosa y su opuesto al mismo tiempo y por igual número de razones. Nunca sabremos si Don Quijote estaba loco o cuerdo, si Joseph K. era culpable o inocente, ni qué significado tiene la ballena blanca de Moby Dick. Estos puntos ciegos son y han sido colmados por los lectores y relectores de estas novelas a lo largo de los años, quienes no han dejado de buscar una respuesta y de cuestionar la que han encontrado, si es que han encontrado alguna. Cuando una novela ofrece una solución única y taxativa, en ella se agota su significado, como es el caso de Gatopardo, ejemplo analizado por el mismo Cercas. Por el contrario, si la respuesta es ambigua, el significado del libro se amplía, se potencializa, se vuelve una fuente inagotable de análisis y de conocimiento de la condición humana, pues ésta es en sí misma, al igual que la realidad, contradictoria y equívoca.

Yo por mi parte, con mis alumnos de la universidad evito a toda costa las respuestas fáciles y rápidas; por el contrario, les insisto en que ningún problema jurídico tiene una única salida. Al igual que las novelas del punto ciego, según las denomina Javier Cercas, hay consultas y litigios que pueden ser resueltos en un sentido o en exactamente el contrario, con igual cantidad de fundamentos y motivos sólidos. Por tanto, para llegar a alguna respuesta, alguna razonable por supuesto, hay que formularse las preguntas correctas. El hilo conductor de mi clase es el constante y continuo cuestionamiento, con lo cual nos obligamos todos a pensar y a seguir pensando, incluso si llegamos a una solución que nos parece sensata, para contrastarla con otra u otras que igualmente lo parezcan.

Lo mismo sucede, creo yo, con los sucesos de relevancia pública: caben las afirmaciones taxativas, las convicciones firmes, las certezas fijas; pero como es evidente en el caso del gasolinazo, hay tantos buenos argumentos para defenderlo como para rechazarlo, por lo que antes de lanzar a la red una consigna en uno y otro sentido, uno debiera cuestionar su contenido y origen. Desafortunadamente, los ánimos combativos en las redes sociales relegan al juicio crítico a un segundo e irrelevante plano, lo importante es atacar o justificar al gobierno, no importa la sensatez de la ofensiva o la defensa. A juzgar por lo que sucedió en el 2016 y cómo pinta el 2017, los ciudadanos del mundo nos veremos obligados a implementar formas cada vez más creativas de resistencia y oposición a los gobiernos (aquí un ejemplo de ello), ya que las pulsiones autoritarias y las políticas ultraconservadoras han recuperado terreno. Estamos frente a problemas poliédricos, ambiguos, contradictorios, que requieren de más preguntas que respuestas, a efecto de ampliar y multiplicar nuestra perspectiva y así encontrar alternativas de acción efectivas.

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Black mirror

Desde la invención de la rueda el ser humano ha buscado la manera de hacerse la vida más fácil, lo cual se ha traducido en la creación de un artefacto tras otro que nos relevan  de diversas tareas, supongo con la idea de no invertir tiempo en ellas y así ser más productivos y potencializar nuestras capacidades propiamente intelectuales; de algún modo, el progreso de la humanidad se ha medido en función de los avances tecnológicos de cada época. Como nunca antes en la historia, la tecnología nos permite realizar un montón de actividades sin siquiera salir de nuestra casa o trabajo (desde pedir el súper hasta llevar a cabo investigaciones académicas o periodísticas). No sólo ello, hoy en día podemos estar en contacto con otras personas, tanto de nuestro círculo de amistades como con personajes públicos, literalmente moviendo únicamente un dedo sobre la pantalla de nuestros teléfonos celulares y sin necesidad de tener una interacción directa. Gracias a que la tecnología nos hace todo más cómodo, se ha convertido en una adicción; sin embargo, como toda adicción, tiene efectos secundarios y como todos los adictos, nos negamos a verlos.

La serie de televisión Black mirror nos obliga a reconocer qué tanto estamos sometidos a esos efectos secundarios; todos los capítulos, los cuales son historias independientes, parten de la misma premisa: llevamos la tecnología prácticamente incorporada a nuestro cuerpo y determina nuestro comportamiento individual y público. Algunos de los planteamientos son los siguientes: la única labor de las personas es pedalear bicicletas estáticas para generar puntos, con los cuales compran todo lo que necesitan; mediante un chip incrustado en el cerebro podemos reproducir nuestros recuerdos en una pantalla; la cantidad de “me gusta”, estrellitas o corazoncitos que recibimos en nuestras redes sociales, pero también en nuestros encuentros personales (como si fuéramos choferes de Uber), nos da una calificación que nos categoriza y determina si somos elegibles para unos u otros privilegios; a través de sus mensajes en redes sociales, se puede reconstruir la personalidad de alguien que ha fallecido para que sus seres queridos puedan seguir hablando con esa persona; un videojuego que genera la realidad virtual a través de lo que el propio jugador tiene en el inconsciente; un adolescente que sin saberlo descarga un malware a su laptop que le activa su webcam, ve pornografía, se masturba y luego es extorsionado; mediante el uso de un hashtag los usuarios de Tuiter deciden quién es el personaje más odiado del día, cuyo castigo es la muerte; los soldados de un ejército están entrenados para no ver como personas a los enemigos del sistema para el que combaten; un dibujo animado cuya gracia y popularidad se basa en su incorrección política y su humor soez, que compite a un cargo de elección popular (capítulo que, por cierto, salió al aire mucho antes del 8 de noviembre de 2016).

Son situaciones que, si lo pensamos bien, podrían ser realidad en muy poco tiempo, si no es que ya lo son, como la manipulación y la extorsión a partir de los patrones de búsqueda en Google o las páginas web que visitamos, por no hablar de la incursión en la política de una estrella de televisión. La serie conecta tan bien con el espectador y lo estremece, porque se trata de exageraciones de comportamientos que ya practicamos y que nos parecen normales, pero que bien vistos son ridículos pero también atemorizantes, pues implican la sustitución de la realidad real por la realidad virtual, con lo cual perdemos una parte de nuestra humanidad, así como de nuestra capacidad de ver a los otros como personas y no sólo como instrumentos.

Hablando estrictamente de su estructura y composición narrativa, Black mirror es un acierto detrás de otro. El primero de ellos es el planteamiento del capítulo inicial: una princesa muy querida por los británicos es secuestrada y la condición que ponen los captores para liberarla es que el Primer Ministro tenga sexo con un cerdo en una transmisión en vivo y por todas cadenas de televisión del Reino Unido. La decisión final sobre acceder o no a dicha petición es tomada en función de lo que dicen las encuestas en Facebook, Tuiter y los diversos canales de televisión. Estamos en el tiempo presente, pero se marca el tono del resto de los capítulos y la puerta de entrada que convence al espectador de acceder sin chistar a diversos escenarios futuristas, por llamarlos así. El otro acierto digamos de técnica, es que las historias dan giros inesperados, sea a la mitad o hacia el final de cada capítulo, que cambia las reglas del juego enganchando el interés del espectador.

Contrario a lo que podría pensarse a botepronto, no se trata de una crítica a la forma en que estamos sometidos a nuestros aparatos electrónicos y en la que las redes sociales determinan nuestro comportamiento. El crítico marca distancia con su objeto de análisis por lo que lo vemos a lo lejos, como algo que les sucede o hacen otros. En Black mirror las historias se cuentan desde dentro, esto es, desde el punto de vista de quien utiliza sus dispositivos electrónicos en su vida cotidiana de manera normal y natural, como todos nosotros, como todos quienes vemos la serie desde un sistema de streaming. Por ello, los conflictos que tienen que resolver nos son tan cercanos y nos identificamos con ellos, pues más que exageraciones se trata de proyecciones de situaciones que ya vivimos actualmente. El espectador se identifica primero, hace empatía después, para terminar horrorizado al darse cuenta que el mal uso y abuso de la tecnología puede devorarlo. Si fuera sólo una crítica, podríamos apuntar el dedo hacia los  demás; sin embargo, lo perturbador es que se nos planta frente a las narices la pantalla de nuestro teléfono o computadora o tablet, en la que nos vemos reflejados, primero deformes para irnos reconociendo poco a poco.

Algo que debe agradecerse, pero que al mismo tiempo hace que uno se quede con la sensación de que el mundo se irá al carajo pronto, si no es que ya estamos ahí, es que las tramas no son condescendientes con los personajes ni con el espectador. Los guiones no tienen la misión de darle un sustito al protagonista para luego ofrecerle una salida hacia la redención, sino que lo llevan a sus últimas consecuencias hasta hacerlo rehén y esclavo de esa misma tecnología en la que había confiado para hacer su vida más fácil. El adjetivo más recurrente que he escuchado para calificar Black mirror es “perturbador”: y lo es, efectivamente, porque nos enseña una realidad que ya vivimos y que tampoco nos dará tregua ni redención, nos hace ver que nuestra vida cotidiana ya está dominada por la inteligencia artificial.

Las redes sociales nos permiten tener interacción inmediata con otros sin necesidad de un contacto directo, gracias a lo cual se pueden generar comunidades para ejercer presión sobre los políticos o para empujar alguna causa justa. Sin embargo, esto tiene algunos lados escondidos: por una parte, las personas nos convertimos en un voto, en un microscópico elemento más del porcentaje ganador o perdedor de la encuesta, en una estadística; nuestra opinión y nuestra voluntad se mimetiza y homogeneiza con la de millones de personas más. Por la otra, esa interacción directa nos expone permanentemente al juicio y a los prejuicios de los demás: las redes sociales son como un salón de escuela virtual y global en el que todo el tiempo estamos siendo observados por nuestros compañeros de clases. Llegamos al extremo en el que la apreciación y percepción que tenemos de los demás, incluso de quienes conocemos desde antes de que existieran las redes sociales, se basa en sus publicaciones de Facebook o sus fotos en Instagram (aunque si uno lee entre líneas, puede descubrir cosas que no son evidentes en la convivencia personal y directa).

La forma en que usamos actualmente la tecnología es una regresión a la infancia: por un lado, queremos que algo o alguien más haga las cosas por nosotros, además de que tenemos una necesidad imperiosa de pertenencia, el peor error que puede cometer uno es pretender ser diferente. Pero no sólo eso, si bien la función de la tecnología es ahorrarnos una serie de actividades, a efecto de potencializar nuestras capacidades propiamente humanas, el uso que le damos hoy nos releva de tener experiencias y sensaciones reales y auténticas: preferimos grabar el concierto en lugar de verlo; fotografiamos el platillo antes de comérnoslo, a riesgo de que sepa a mierda a pesar de que ya le anunciamos al mundo que está delicioso; preferimos aparentar ser felices en lugar de dedicarnos a serlo. ¿Por qué? Pues porque creemos que hay una relación directa entre la felicidad de una persona y su calidad como tal: ningún mediocre tiene hijos maravillosos ni viaja a los lugares más increíbles del mundo.

Yo diría que Black mirror es una especie de actualización y adaptación a nuestra época de 1984 y Un mundo feliz, las novelas futuristas icónicas del siglo XX. En la novela de Orwell nace el concepto de El gran hermano, siendo éste el Estado que todo el tiempo vigila lo que hacemos y pensamos. Gracias a la tecnología actual, la vigilancia no sólo es vertical sino que también horizontal: hoy todos estamos pendientes de todos y nos premiamos o castigamos dependiendo de si nuestras acciones y palabras se acoplan a ciertos estándares socialmente aceptados. Nosotros mismos limitamos nuestra libertad de expresión, quien se sale de los parámetros de lo políticamente correcto puede ser linchado mediáticamente, si no es que físicamente también. Por su parte, en la novela de Huxley las personas están divididas en categorías y dependiendo a cuál pertenezcas, eres apto para realizar unas u otras funciones. Pues bien, en esta era de las redes sociales pareciera que las jerarquías dependen del número de seguidores o reacciones positivas que se tengan; quienes son más populares en las redes, o se hacen famosos en los llamados reality shows, o tuvieron la suerte de toparse con una cámara de video o foto en el momento correcto, obtienen una serie de privilegios a los cuales no podemos acceder los mortales.

El único respiro de esperanza que hay en Black mirror no está en el destino final de sus personajes, salvo un par de excepciones no hay finales felices, sino en el subtexto de las historias: la única manera de recuperar la libertad que hemos cedido y de generar experiencias reales y auténticas, es no abusar de la tecnología y ponerla en el lugar que le corresponde en nuestra escala de prioridades. Es por ello que Black mirror es, quizá, el producto narrativo que mejor define nuestro tiempo y que de manera más efectiva nos confronta con la ridiculez y vacuidad de nuestros valores contemporáneos.

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Perdón y despedida

El que se va se lleva en el adiós
mil lunas en la espalda y noches en la voz,
porque partir es acta sin saber
paloma de distancia, promesas de volver.
Errante musa del adiós
espejo roto del corazón
sin farol que alumbre como por costumbre
partimos sin saber la razón.

Paté de Fua, Sin razón ni despedida

Creo que lo que nos cuesta más trabajo a las personas es perdonar, reconocer que nos equivocamos y despedirnos. Lo primero requiere vencer a nuestro orgullo y lo segundo derrotar a nuestra soberbia, lo cual no es poca cosa porque son emociones que se originan en el ego, ése que en exceso es una de las peores influencias al momento de tomar decisiones. Pero para decir adiós falta romper inercias, terminar con zonas de confort, renunciar a situaciones que, al menos en apariencia y en el corto plazo, nos provocaban bienestar. El perdón, sea otorgado o solicitado (al reconocer el error), libera al de enfrente, lo reconforta, de alguna manera le quita una carga emotiva de encima, recompone las relaciones humanas y reconstituye la armonía entre dos o más personas. El perdón une, pero las despedidas separan. Una despedida es una alteración del estado de cosas y siempre hay alguien que sale lastimado, si no es que todos los implicados. La verdad no sé qué será más difícil, tomar la decisión de decir adiós o simplemente sufrir las consecuencias de que sea otro quien lo hace.

Las despedidas traumáticas que las personas sufrimos con mayor frecuencia son aquéllas que tienen que ver con las relaciones de pareja, sea que tomamos la decisión de dejar a alguien o que ese alguien elige tomar un camino al que no estamos invitados. Hay pocas cosas tan difíciles como ver que la persona a la que quieres se va, sea por su cuenta o sea para unirse a alguien más, pues uno se queda con un montón de recuerdos y expectativas en las manos sin saber en dónde guardarlos para no verlos más; peor aún, sin entender las razones de quien se va y creo que nada nos parece más injusto que nos dañen sin motivo. Todos hemos sufrido un abandono o hemos tenido que tomar la decisión de terminar una relación, lo cual no nos exenta de culpa por herir los sentimientos ajenos. Yo siempre fui de los primeros, soy reacio a los cambios traumáticos y me cuesta trabajo llevarlos a cabo, por eso han sido las mujeres que se han cruzado en mi camino las encargadas de hacer esa labor ingrata.

Justo hace diez años estaba en una relación de ésas que son intensas por dónde se le quiera ver, en los puntos altos pero también en los baches, en la felicidad pero también en la desdicha, en los vínculos pero también en los desaires, en las risas pero también en los gritos. Pero a pesar de eso, o quizá justo por eso, estaba hundido hasta el cuello en las arenas movedizas de una mujer a la que llamaremos S. No tengo ni que decir que cuando decidió despedirse caí en un duelo y en una depresión de ésas que todos conocemos, tampoco abundaré en el caudal de resentimientos, rencores y traumas que me dejó su partida, aunque no sólo su partida sino que durante el tiempo que estuvimos juntos, se fueron acumulando una pequeña herida sobre otra; un día, incluso, exploré un lado oscuro de mi personalidad que no conocía y que me aterró haberme siquiera asomado. Pero de inmediato saqué una primera lección valiosa y es que a partir de ese momento supe exactamente cómo no quería que fueran mis relaciones de pareja: prefiero la mediocre estabilidad a cualquier intrépido sube y baja de emociones.

La segunda cosa valiosa que me dejó esa ruptura traumática fue una pulsión creativa, gracias a la cual dediqué alrededor de ocho años, con algunos periodos de descanso y desinterés, pero muchos de trabajo casi obsesivo, a construir un relato largo en el que intenté narrar esa historia, ya que para mí era digna de contarse; y lo era no sólo porque me hubiera sucedido a mí, sino que contenía muchos elementos que podían darle espesura y peso literario, dada la complejidad emocional y psicológica de S, pero también la mía, supongo, aunque no quiero ser presuntuoso o pretencioso. Yo quería explorar y diseccionar las motivaciones que nos hacen actuar de una u otra manera cuando estamos en una relación, aun a sabiendas de que podemos herir a quien supuestamente amamos. Todo  ese trabajo tuvo dos resultados: el primero, un manuscrito de novela (en el que, no está de más aclararlo, hay muchos pasajes ficticios que tuve que construir para darle coherencia a la narración y para intentar que fuera una historia interesante para quien no la vivió como yo) que metí a un concurso, pero como no ganó ahora le estoy buscando editorial, aunque no descarto publicarla por mi cuenta en alguna plataforma electrónica.

El segundo resultado fue que gracias a la escritura pude liberarme de S, como si hubiera ido a terapia, a psicoanálisis, a descorazonados anónimos, a rehabilitación emocional. Gracias a la escritura pude desenredar el nudo que me dejó en las tripas cuando me dejó, pero también me sirvió para ver todo con perspectiva y entender que, por más que hubiéramos intentado, tarde o temprano nos habríamos separado; pero sobre todo y más importante, me sirvió para perdonar a S. De no haber recurrido a la catarsis creativa, quizá hoy mantendría en mis entrañas un rencor que me haría más mal que bien y seguiría arrastrando piedras en el zapato que me hubieran impedido tener una nueva relación de pareja estable. Gracias a S dejé de ser un adolescente emocionalmente hablando, lo cual no es poco motivo de agradecimiento, además de muchos buenos recuerdos y uno que otro buen libro que me recomendó. Después de todo ese proceso, S tomó su lugar como una de las personas importantes con las que me he topado en esta vida.

S murió hace unas cuantas semanas, después de permanecer tres años en un estado que no sé exactamente cómo llamarlo, pues no era vegetativo, pero tampoco en coma, sino más bien algo así como si una mente lúcida estuviera atrapada en un cuerpo inservible; todo ello derivado de una serie de derrames cerebrales que sufrió por allá por el 2013. Pocos días antes de enterarme de que se había ido soñé con ella, lo cual estoy convencido fue su manera de decirme adiós. Cuando me lo dijeron sentí como si me hubieran dado un raquetazo en la cara, pero no con el marco sino con las cuerdas, pues no fue un dolor punzante sino como envolvente y mi mente entró en uno de esos estados de estupefacción, en el que no tienes el alcance para comprender lo que sucedió; las únicas dos veces que había tenido esa sensación de incapacidad para entender algo fueron cuando mi padre murió y cuando mi hija nació: el inicio y el final de la vida, la llegada a este mundo y su partida, algunos dirían el momento en que Dios nos arroja a esta dimensión de la existencia y cuando nos notifica que se nos acabó el veinte; sucesos en los que una persona, como yo, como cualquiera que esté leyendo, cruza el umbral de nuestra inmediatez física y conscientemente psicológica, desde o hacia lo que hay más allá, si es que lo hay.

Creo no exagerar si digo que en ese momento se murió un pedacito de mí, ese pedacito en el que S estaba alojada. Y lo que pasa es que no es nada más que haya muerto alguien a quien quise tanto, sino que hay un elemento trágico en que tuviera treinta y cinco años de edad y que haya pasado los tres últimos en un sufrimiento que nadie merece, por más mal karma que hubiera acumulado; digo esto porque S nos hizo sufrir a todos los hombres que la quisimos, pero no creo que hayan sido faltas tan graves como para merecer tal castigo. Gracias a la escritura de mi manuscrito la había ya perdonado, pero ahora comprendo que su partida de mi vida no fue nada grave, si lo comparamos con su partida de esta vida; finalmente uno termina por recuperarse de una decepción sentimental, además de que el destino se encarga de ponerte en el camino nuevas oportunidades de felicidad, pero para la muerte no hay remedio, retorno ni consuelo.

Este tipo de sucesos, tristes, traumáticos, estúpidamente injustos te ayudan a poner las cosas en perspectiva. Por diversas razones hoy estoy pasando quizá la etapa más complicada de mi vida, no daré detalles porque no vienen al caso aquí y porque supongo que a nadie le interesan demasiado, pero en realidad no hay dificultad que no tenga solución. Nuestro campo de visión no rebasa la inmediatez, lo cual supongo que es normal dada nuestra individualidad, solos nacemos y solos nos morimos, los demás son únicamente accidentes afortunados que nos suceden a lo largo del camino. Por ello, sólo tenemos conciencia para apreciar el aquí y el ahora, por lo que todo lo que rompa con la armonía de esta limitada dimensión nos parece tremendo y trascendente. Es necesario que algo o alguien (o algo que le sucede a alguien), nos recuerde que representamos una ínfima proporción dentro de la totalidad del tiempo y el espacio y que, por tanto, la mayoría de las veces nos ahogamos en un pequeño charco mugroso, el cual podríamos superar dando un diminuto brinco para no mojarnos los pies.

S era muy insistente en que la vida es demasiado corta y hay que aprovecharla; yo atribuía esas ansias de hacer todo al mismo tiempo a que mientras estuvimos juntos murió su tío Rafael, la persona a la que ella más quería en el mundo. Pero ahora me convenzo de que, quizá, es lo único en lo que tenía toda y absolutamente toda la razón: la vida es muy corta como para perder el tiempo en no ser feliz, quizá no sea perfecta, quizá haya muchas cosas que quisiéramos cambiar, por ejemplo nuestro trabajo o la carrera que estudiamos, pero tenemos la obligación moral de encontrar motivos para ser felices. Es muy corta como para guardar rencores y perder el tiempo en lamentarnos de las malas decisiones que hemos tomado, tenemos la obligación moral de aprender la lección para ser mejores. Recientemente tuve el mal tino de hacer una elección incorrecta y toparme con una persona que, queriéndolo o no, me causó un perjuicio, pero prefiero valorar que he descubierto que ahí están muchas personas dispuestas a ayudarme. El otro día venía detrás de mí una señora en su camioneta y me mentó la madre porque no me pasé un alto y tuvimos que esperar a la siguiente luz verde; de tener tantita perspectiva, se hubiera dado cuenta del desperdicio tan imbécil de energía que fue su enojo conmigo.

Y si bien la noticia de su muerte me causó una tristeza que, para ser sincero, no esperaba que me provocaría, prefiero pensar que S se mantiene viva en aquello que escribí sobre ella, aunque no estoy seguro de que le gustara el retrato que hice, ya que buena parte de la escritura salió de la herida. Aunque supongo tampoco me guardará rencor por ello, finalmente está nuevamente con su tío después de tanto tiempo de extrañarlo, además de que volvió a ser libre, quizá tan libre como siempre quiso ser en vida, así que seguramente lo que opine yo, la tiene sin cuidado. Lo único bueno de las despedidas es que, si bien terminan una etapa, dan pie al inicio de una nueva con todas sus magníficas posibilidades.

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JuanGa en el espejo

Desde el día que murió, una de las cosas que más se han repetido es que la música de Juan Gabriel es reflejo del alma del mexicano, lo cual de entrada me pareció una exageración. La parte esnob que hay en mí pensó que si uno quiere conocer el alma y la esencia del mexicano habría que leer y releer El laberinto de la soledad. Debo decir que el desgarramiento generalizado de vestiduras que provocó la noticia, tanto en redes sociales como en programas de radio y televisión (así fuera un programa de éstos en que cocinan en vivo, buscaban musicalizar cada receta con una canción), me pareció exagerado y un poco fuera de lugar. Pero quizá se deba a que, pues ni modo, no me gusta la música de Juan Gabriel, por muchas razones pero supongo que principalmente por una: justo cuando mis padres se divorciaron salió un disco de Rocío Dúrcal cantando canciones del Divo, por lo que mi madre se la pasaba día y noche escuchándolas y, supongo, pasándola muy mal; lo supongo porque era yo muy chico como para darme cuenta en realidad de lo que pasaba, pero al menos esas sensaciones me provocaba esa música y la fruición con que mi madre las escuchaba.

Sin embargo, debo reconocer algo del personaje, que no es poca cosa y que tampoco soy el primero en decirlo: a pesar de no esconder de ninguna manera su homosexualidad (evidente en sus maneras), logró convertirse en ídolo en un país abierta y rabiosamente homofóbico y machista, poniendo a jotear en sus conciertos hasta al más recalcitrante macho mexicano de bigote tupido. Supongo que logró conectarse con el inconsciente colectivo del mexicano y hacerlo aflorar a través de la fiesta, como el albur lo logra a través de la risa. Y como el esnobismo es la antítesis de JuanGa le di una nueva pensada y llegué a la conclusión de que es cierto eso de que es una expresión viva y verídica del tuétano del mexicano. El Laberinto es un análisis crítico y racional de las manifestaciones del ser nacional, mientras que el Divo de Juárez es una de esas expresiones, por lo que podría caber en el espectro de reflexión de Paz junto con los pachucos y las fiestas del d{ia de muertos.

Ahora bien, si la música de Juan Gabriel es una expresión fiel de la forma de ser del mexicano, a mi entender no lo es por una buena razón: sus letras, su música, hasta el tono de su voz y su vestimenta (entiendo que es parte del show, del encanto y de la diversión), son melodramáticos, desmesurados, exagerados, hablan de amores eternos y felices, así como de desamores desgarradores, con los cuales se acaba el mundo y después de los cuales no hay nada. Todos aquellos que hemos superado la pubertad sabemos que los amores casi nunca son eternos, las probabilidades estadísticas apuntan a que ninguno lo sea, pero también que hay vida después de los desamores y que éstos son, quizá, la única manera de madurar emocionalmente. Pero así es el mexicano: irreflexivo, azotado, alegría desbordada, drama épico o indignación generalizada.

Vaivenes emocionales propios de un adolescente, como se afirma que es nuestra nación en El laberinto: se encuentra en ese momento en que adquiere conciencia de sí mismo y entre él y el mundo no hay un escudo que lo proteja. Adolescencia que se manifiesta en lo desmedido de las expresiones festivas, en las que el mexicano estalla y se permite prescindir de su máscara y mostrarse tal como es; no sería descabellado decir que la música ranchera, de la que abreva Juan Gabriel, es una manifestación de esa explosión adolescente (pero si de algo cojea el análisis de Paz es en que no aborda expresiones de cultura popular que lo hubieran enriquecido mucho). Que no se me malentienda, no es que quienes disfruten del melodrama Juanguesco sean adolescentes, sino que nos remite a esa etapa en que las emociones son intensamente puras, cuando todavía no se contaminaban, o se moderaran según se quiera ver, con la sensatez y la madurez.

Pensándolo bien, creo que Juan Gabriel logró conectar tan bien con las masas porque representa la anti-solemnidad, en contraposición a la formalidad que, en general, rige nuestra vida social y nuestras relaciones con los demás. Esa formalidad es parte de las máscaras de las que hablaba Paz, con las cuales defendemos nuestra intimidad; según él, el mexicano es celoso de su vida interna y no permite que nadie lo penetre, siendo incluso considerado como débil al que se abre, al que se raja. Esto, sin duda, es la proyección ancestral del trauma que causó la violencia física y sexual que nos dio origen como país: la Conquista. Una parte importante de esa solemnidad con la que nos escondemos de los demás son el lenguaje y las palabras, las cuales debemos cuidar hasta el último detalle en nuestras manifestaciones públicas (incluso si se trata de una reunión entre amigos o un chat de whatsapp), pues un término puesto fuera de lugar puede provocar más indignación o enojo que cualquier agresión física.

Sin embargo, la anti-solemnidad del Divo se manifiesta en su música, en sus maneras, en su colorido, pero nunca en las palabras: en sus letras es difícil encontrar vocablos que se salgan de ciertos parámetros de corrección y propiedad. De haber sido así, quizá hubiera confrontado más agresivamente la psique del mexicano y todos sabemos que lo que menos nos gusta es que nos confronten. Quizá por eso es que las palabras causan más escozor que los hechos, pues cuando éstos nos agravian es necesario confrontar al agresor incluso de manera física, o al menos a tomar una serie de medidas activas, por llamarlas de alguna manera, que nos obligan a encarar pero también a ponernos en riesgo de vulnerabilidad; por ello, a los hechos los dejamos pasar con mayor facilidad. Pero cuando nos agreden verbalmente nos engallamos, para responder basta con que aventemos una mentada de madre de un coche a otro, en el chat a través del teléfono, en un artículo periodístico, en las redes sociales, con una indirecta: todas discusiones a distancia que no requieren de un enfrentamiento directo.

Que al mexicano lo indignan más las palabras que los hechos, que aquéllas tienen mucho más peso que éstos en la evaluación de una persona, tanto su calidad ética o moral pero también su desempeño profesional o público, se ha traducido en una absurda corrección política en el uso del lenguaje (basta ver el rasgamiento de vestiduras de que en los estadios al portero rival le griten puuuutoooo, cuando entre la propia comunidad gay lo toman como mero chacoteo). Pero también se hizo evidente después de la muerte de JuanGa a raíz del artículo de Nicolás Alvarado, director de TVUNAM, en Milenio.  De forma poco afortunada se asumió a sí mismo como clasista para calificar como naco e iletrado al recién fallecido, además de expresar sus reservas ante la calidad literaria de sus letras. En mi opinión, lo único reprochable del texto fue el momento de publicarlo, cuando el muerto todavía ni terminaba de enfriarse; creo que hay que respetar el luto de la familia y el trance de pasar de un plano a otro de la existencia, y después de un tiempo razonable es válido expresar todas las críticas que uno tenga. Además de lo plomizo del humor de Alvarado, quien intentó ser sarcástico, pero el problema de querer hacerse el gracioso es que nunca haces reír a nadie.

Fuera de eso, el respeto a la memoria de alguien recientemente fallecido no es poca cosa creo, no se trató más que de una opinión personal, como la que todo mundo tiene derecho a expresar, y con la que todos los demás tenemos derecho a no estar de acuerdo y manifestarlo. Pero creo que el linchamiento mediático y en las redes sociales fue desmesurado, llegando al extremo de exigir, y eventualmente conseguir, su renuncia como director de TVUNAM. La verdad sea dicha, la indignación que provocó el artículo se debe a que mucha gente no lo leyó completo, sino únicamente los extractos en los que criticaba las letras, las lentejuelas y la estridencia de Juan Gabriel, partes que fueron las resaltadas en las redes sociales por los defensores de las causas nobles y la buena ondita. Digo esto, porque en el propio artículo Alvarado relata que, a pesar de que no le gusta JuanGa, organizó un programa especial dedicado a su vida y obra pues se trata de un fenómeno de la cultura popular que no puede pasar desapercibido para la UNAM.

Mi intención no es defender a Nicolás Alvarado (quien me parece un hombre muy culto pero muy mamón), pues supongo que no lo necesita, además de que tiene muchos medios a su alcance para hacerlo. Por el contrario, a lo que voy con todo esto es que esta anécdota demuestra aquello de que las palabras tienen más peso que los hechos. En su desempeño como director de un medio público de comunicación puso de lado su gusto personal para atender al interés general de una figura icónica de la cultura popular; sin embargo, fue sancionado y destituido de su puesto, por el uso de determinadas palabras al expresar su opinión personal sobre el mencionado icono. Ante hechos correctos como funcionario, pero palabras incorrectas como ciudadano, éstas le costaron el puesto además de una amonestación de la CONAPRED.

Este caso concreto puede llevarnos a una discusión más amplia, referente no sólo a la libertad de expresión, sino a los riesgos que implica sancionar a alguien por las palabras que utiliza; pero también en torno a esta tendencia reciente, a través de campañas mediáticas de diversas instancias del Estado, a prohibir el uso de ciertas palabras que refieren a comportamientos sociales indeseados (clasistas, homofóbicas, machistas, sexistas, etcétera), lo que implica la institucionalización de la solemnidad casi genética del mexicano, como mecanismo de defensa frente a invasiones de nuestra intimidad. Se dice que el uso de palabras discriminatorias (por poner todo en una sola bolsa conceptual, aunque no sea del todo precisa) llevará a comportamientos discriminatorios, pues el lenguaje es una expresión del pensamiento.

Sin embargo, en mi opinión, las reglas para una sana convivencia colectiva libre de discriminación deben sancionar hechos o comportamientos, no expresiones ni el uso de cierto tipo de palabras. Y lo digo porque me parece gravísimo que institucionalmente se pretenda calificar qué palabras son aceptables y cuáles no, porque ello equivale a regular  el uso del lenguaje; si el lenguaje es una expresión del pensamiento, entonces regular aquél conlleva a regular éste, lo cual abre una puerta peligrosísima hacia la censura y la represión. Yo sin duda prefiero mil Nicolás Alvarados que se asuman como clasistas, o racistas u homofóbicos, a una sola norma o institución que nos regañe y castigue por lo que pensamos y cómo lo expresamos. Mientras esas instituciones no se enfoquen en sancionar casos concretos de discriminación, cualquier regulación del lenguaje será poco efectiva, pues las palabras en sí mismas, discúlpenme, pero no discriminan; quienes discriminan son personas concretas mediante acciones específicas.

Así que nada, el fenómeno cultural llamado JuanGa es un reflejo fiel de nuestra sociedad; cuando el mexicano ve a Juan Gabriel en la pantalla, o en el escenario, en realidad se está viendo al espejo, para bien o para mal.

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Mi relación con la tauromaquia

No sé de quién es la cita, pero los defensores de los animales de llenan la boca al decir que el grado de evolución de una sociedad se mide en función del trato que le dan a los animales. Quizá esto es cierto, pues una sociedad civilizada debe tener plena consciencia de que los animales son seres vivos que no merecen ser maltratados, por lo que es necesario un marco normativo que los proteja en contra de la crueldad humana. El problema con muchos de los animalistas, como lo escribí aquí hace algún tiempo, es que parecen preocuparse más por la tortura a perritos, gatitos y toros de lidia, que por el abuso en contra de otros seres humanos, por la marginación de sectores amplios de las sociedades y por otras tragedias que le suceden a sus semejantes; vamos, que prefieren la compasión autocomplaciente por seres indefensos (por inferiores, discúlpenme pero así es), que la indignación y empatía por el prójimo.

Por tanto, yo creo que para medir el grado de civilización de una sociedad, antes que su relación con los animales, debe verse cómo valoran ciertos principios más o menos universales respecto de sus congéneres, como la vida y dignidad humanas, la igualdad, la libertad; no sólo ello, sino también cómo abordan y qué posición toman frente a la desgracia ajena, esto es, cuando una fuerza externa altera esos principios universales. Por tanto, una sociedad que se indigna en mayor grado por el maltrato a los animales que por la desgracia de un ser humano, no puede considerarse civilizada; no solo ello, una sociedad en la que hay quienes se alegran por la muerte de otra persona tiende más bien a lo bárbaro y sanguinario.

Todo esto vino a mi mente después de la muerte del torero Víctor Barrio en la plaza de toros de Teruel; a raíz de esto, mucha gente que está en contra de la tauromaquia manifestó su alegría, gusto y hasta regocijo por la desgracia de un ser humano. Por más animadversión que se tenga respecto de las corridas de toros, creo que nada justifica sentir felicidad por la muerte y sufrimiento de otra persona, aun cuando éste haya sido agente del sufrimiento y muerte de un animal. Festejar el infortunio de quien encarna aquello que combatimos nos acerca peligrosamente a un estado mental totalitario, conforme al cual se justifica que sean borrados del mapa los adversarios. No sólo ello, sino que disfrutar la muerte del prójimo anula automáticamente la supuesta superioridad moral que los antitaurinos se autoatribuyen respecto de los taurófilos.

Estas expresiones tan radicales y estúpidas se dan, creo yo, porque en este tema de los derechos de los animales, el debate en torno a la tauromaquia es el que levanta más pasiones y suscita las confrontaciones más encarnizadas; la discusión no se queda únicamente en la contraposición de argumentos, sino que llega al insulto y al calificativo personal: la calidad moral es juzgada por el gusto o aversión a las corridas de toros. El taurófilo es un sádico que disfruta con el sufrimiento de un ser vivo y paga por verlo; el antitaurino es un ignorante de las tradiciones y de la cultura que nos ha dado identidad. Por eso, la única discusión a la que no le entro es si prohibir o permitir las corridas de toros. Y no le entro porque creo que es el único tema en el que es imposible llegar a un acuerdo, pues las posiciones son demasiado lejanas y están demasiado enfrentadas; además de que muchos de mis amigos son antitaurinos y mi relación con la fiesta brava es complicada, por decirlo de alguna manera. Yo soy de los que prefiere guardarse una opinión que correr el riesgo de importunar u ofender a un amigo, bajo el pretexto de ser sincero, directo y honesto. Sin embargo, la complejidad de mi relación con la tauromaquia me permite entender los argumentos de una y otra parte; lástima que en esa discusión, al menos como se aborda actualmente, no cabe la ponderación desapasionada.

Mi relación con la tauromaquia es difícil, porque mi parte digamos razonable entiende que las corridas de toros son un ritual bárbaro e incivilizado, en el que el animal es sometido a una tortura cruel e innecesaria, pues a sangre fría se le mutila y se le penetra con objetos punzocortantes que le abren la piel, lo hacen sangrar y, en última instancia, le atraviesan el corazón. Sé todo esto porque he estado en la plaza varias veces y he podido apreciar de forma directa el sufrimiento de los astados y escuchar sus lamentos retumbar en el concreto de las gradas. Y he acudido varias veces a la plaza porque mi padre me inculcó desde niño el gusto por las corridas y todo lo que hay alrededor. Como ya he contado también, mi vínculo con mi padre nunca fue demasiado cercano, pero sí tuvo a bien compartirme algunas de sus aficiones, como el vino tinto, el beisbol y los toros. Las únicas veces que fui a la Plaza México fue con él y nunca he regresado.

Y no puedo negar que pasamos tardes de domingo muy especiales bebiendo vino o cerveza, fumando puro, viendo mujeres guapas en el tendido y presenciando un ritual que tiene mucho de primitivo pero también mucho de místico o mágico o no sé cómo calificarlo, realmente uno sólo lo entiende estando ahí. Debo confesar, antes de que mis amigos antitaurinos me retiren el habla, que no me siento orgulloso pero eran ocasiones bien especiales para mí, porque me permitieron acercarme un poquito a mi papá, quizá nuestra relación fue un poco menos distante gracias a esos momentos que compartimos en las corridas de toros. Durante esas tres horas desaparecían nuestras diferencias en cuanto a la forma de ver la vida y nuestra permanente confrontación por tener prioridades y escalas de valores tan dispares; éramos simplemente un padre y un hijo compartiendo una afición como buenos amigos (lo que realmente sólo fuimos hasta el final de su vida).

No voy a decir que el toreo es un arte, pues eso sí que nunca lo creí pero, si omitimos la parte del desangramiento del animal, sí tiene mucho de estético por el colorido de los trajes de luces y la forma en que los matadores tienen que manipular su cuerpo para acercarse al peligro y luego alejarse del mismo. Pero las pasiones que provoca la fiesta brava van más allá del arte, pues ningún arte despierta pasiones colectivas, creo yo. De alguna manera el ser humano disfruta volver a ciertos estados de primitivismo, como los recién nacidos (y muchos ya bastante más grandecitos) encuentran placer en las sensaciones que les recuerden el calor y la comodidad del vientre materno; en este sentido, la tauromaquia es una representación de la lucha ancestral del ser humano en contra de las bestias que lo acechaban. Es un hecho que el torero se pone a sí mismo en un riesgo importante de perder la vida o resultar mutilado, por lo que lo que se percibe en la plaza es ese placenterísimo olor a la adrenalina que genera el peligro; esa adrenalina produce tensión y ésta tiene su desahogo en el momento culminante en el que el hombre vence y doblega a la bestia.

Y yo lo disfrutaba porque nunca vi a mi padre en un estado de éxtasis tal, ni lo vi disfrutar tanto como una buena faena. Cuento todo esto no para defender a la fiesta brava, pues desde que la salud le impidió a mi padre seguir disfrutando de las corridas de toros, mi sentido de la ética me ha impedido acudir a la plaza o siquiera ver una por la televisión; no sólo eso, la verdad y siendo totalmente sincero, es que sin él la tauromaquia me sabe a poco y hay otras actividades que disfruto más. Lo cuento, más bien, como una especie de expiación de culpas, pero sobre todo para demostrar que el debate sobre las corridas de toros y, en general, sobre los derechos de los animales, no debe pasar por la calidad moral de quienes disfrutan aquélla. Como muchas discusiones hoy en día, atribuir una característica específica a quien defiende una postura u otra es una simplificación absurda y que no contribuye a la deliberación de un tema de relevancia pública. No todos los taurófilos son unos sádicos canallas, mi padre no lo era, mi padre era en general un buen hombre, como creo que no lo soy yo ni muchas personas que conozco. Pero tampoco todos los antitaurinos son personas más civilizadas, lo que se demuestra con aquéllos que públicamente celebraron la muerte de Víctor Barrio.

(Abro un paréntesis tratando de ser justo en la discusión: las reducciones estúpidas también se da del lado de los amantes de la fiesta brava. Por ahí vi una imagen en redes sociales en las que ponían a Carlos Fuentes, Alejandro González Iñárritu y no recuerdo qué otro escritor del lado de los taurófilos y a puro vándalo del lado de los antitaurinos, lo cual es también bastante absurdo pensar que unos son cultos y otros idiotas.)

Cuestionar y menoscabar la calidad moral o intelectual, así como el grado de civilización de quien defiende la postura contraria anula cualquier tipo de debate. A mí no me interesa debatir con alguien que me califica como persona, en vez de defender su posición con argumentos; por tanto, si la discusión se centra en las personas y no en las ideas, entonces no hay manera de llegar a ningún tipo de acuerdo o consenso, lo cual sólo privilegia al statu quo. En concreto, será imposible que como sociedad definamos cuál es nuestra relación con los animales, qué derechos debemos reconocerles (antes de que los puristas jurídicos lancen sus dardos, sé que los animales jurídicamente son bienes y que sólo las personas son susceptibles de derechos, pero en tanto seres vivos es necesario que gocen de un marco normativo de protección en contra de la crueldad innecesaria) y qué mecanismos legales deben establecerse para protegerlos, mientras los adversarios ideológicos se ataquen personalmente y no se reconozcan mutuamente la misma estatura moral que les permita discutir entre pares; los agravios personales sólo generan más agravios personales y toda la energía argumentativa se transforma en saña bastante malaleche que no beneficia a nadie, pues ni siquiera obtiene nada quien es capaz de propinar la ofensa más punzante y aguda.

Desde mi punto de vista, la razón de que las discusiones sobre casi cualquier tema de relevancia colectiva se enfoquen más en las cualidades y defectos personales de quienes defienden una postura u otra, que en las ideas alrededor del tema a debate, es que hemos puesto en suspensión de actividades nuestra capacidad de razonamiento crítico. He escuchado o leído pocos argumentos razonables para contrarrestar aquello de que es necesario prohibir las corridas de toros, puesto que el animal debe ser protegido y librado de un sufrimiento innecesariamente cruel; pero tampoco he encontrado demasiados argumentos en contra de quienes sostienen que la gente debe ser libre de elegir a qué espectáculos acudir y a cuáles no, por lo que en todo caso, las corridas de toros se extinguirán por falta de un público dispuesto a pagar un boleto (lo cual, aquí entre nos, es lo que creo que terminará ocurriendo a la larga).

Es mucho más fácil tachar de torturador o ignorante a quien no piensa como uno; es una tendencia que se ha acentuado en esta época en que las redes sociales apuestan por el efecto inmediato, a través de textos cortísimos o imágenes con una leyenda; es imposible un análisis serio cuando estamos sometidos a miles de estímulos diarios, a partir de mensajes breves y fotografías que van cargadas de un sentido. La brevedad requiere de simplificación, por lo que este tipo de mensajes únicamente nos refuerzan las preconcepciones que ya tenemos sobre los diferentes temas que se discuten en la mesa de las redes sociales. Por tanto, una imagen que circula en feisbuc o en tuiter se limita a provocar simpatía o rechazo, pero no genera un intercambio de ideas, con lo cual cada quien se limita a seguir pensando lo que ya pensaba.

Esto sucede en el tema de la tauromaquia y respecto de nuestra relación con los animales, pero también en el debate político. Sin ser un experto, creo que el éxito de Donald Trump se debe justamente a una estrategia de mensajes claros, simples y simplistas que no aluden al análisis crítico del electorado, sino al miedo generalizado en el que vive la sociedad gringa, miedo al terrorismo, a los migrantes, a la vulnerabilidad de no portar un arma para defenderse, genéricamente miedo al otro;  y como sabemos, el miedo no necesita motivos, sino que le bastan detonadores, los cuales se activan desde las tripas. Por tanto, estos estímulos que detonan el miedo únicamente reafirman una serie de ideas que parecen llevar en su pre programación los norteamericanos.

Pero no es exclusivo de la política gringa, sino que el debate político que se da en México, en específico en las redes sociales, respecto de uno u otro partido, candidato o gobernante, se da en ese mismo talante. Basta una imagen o una noticia o una publicación que se ajuste a nuestras ideas preconcebidas, para que haya gente que la comparta sin cuestionar su origen y veracidad, vamos sin hacer un ejercicio mínimo de análisis crítico. Por ejemplo, desde hace ya varios años la sociedad mexicana se divide entre quienes están a favor y quienes están en contra de Andrés Manuel López Obrador; los primeros por considerarlo la única opción antisistema para romper con las inercias de la corrupción y de un modelo económico que, nos guste o no, ha generado poca riqueza y mucha desigualdad; los segundos al considerar que es un populista que le dará al traste a la estabilidad macroeconómica y una especie de mesías autoritario.

Pues bueno, circuló en feisbuc una imagen suya en la que se decía algo así como que vive como rico y lleva diecinueve años sin trabajar. Los anti AMLO la compartieron sin ponerse a pensar que en 1997 era presidente del PRD, de 2000 a 2005 fue Jefe de Gobierno del DF y de un par de años para acá es presidente de su partido político. De igual forma, mucho pro AMLO compartió una nota en la que Margarita Zavala (presumiblemente una de las contendientes junto con Andrés Manuel en el 2018) señaló que los seguidores de éste eran pobres, poco educados y, en resumen, un montón de jodidos resentidos; lo anterior, para acusar de clasista y racista y demás adjetivos a Zavala. Bastaba darle una leída concienzuda a la nota para dudar de su veracidad; es más, no la reprodujeron ni Proceso y La Jornada, medios bastante proclives a AMLO y que se hubieran relamido los bigotes de poder hacerle eco a dichas supuestas declaraciones.

Estos ejemplos me hacen ver que, como dije antes, mucha gente ha puesto en suspensión de actividades su juicio crítico, por lo que en vez de generar y compartir contenidos que procuren un intercambio de ideas enriquecedor, prefieren sólo reafirmar lo que ya pensaban y acercarse a quienes comparten sus mismas opiniones, para verse el ombligo dándole una y otra vuelta a aquello que ya saben, ya conocen y les es cómodo. Nos hemos vuelto mentalmente flojos; ahora quizá la gente es más combativa pues tiene más canales para demostrar sus inconformidades, lo cual está bien y es un primer paso para construir una sociedad civil mejor organizada. Pero no basta combatir, sino que es necesario cuestionar cualquier estímulo informativo que se nos ponga enfrente, pues una sociedad civil organizada necesariamente está compuesta por personas que piensan diferente.

Y yo veo una reticencia general de la gente a abrirse a ideas contrarias a las propias, incluso a reconocerle un mínimo de mérito intelectual al que está enfrente: los seguidores de AMLO son zombis encantados por la promesa de felicidad automática y prosperidad sin trabajar; sus críticos son golpeadores pagados por la mafia que ha usurpado el poder por muchos años. Por tanto, no sólo mi relación con la tauromaquia es complicada, sino también con la forma en que la sociedad, a través de las redes informáticas, se expresa sobre cualquier tema de interés público.

Hoy en día ningún adversario político o ideológico (en el tema de la defensa de los animales, por ejemplo) es capaz de generar sus opiniones de forma independiente y razonada, con lo cual menoscabamos su dignidad como ciudadano y como persona. Esto es, los vemos como personas inferiores y de menor calidad moral, lo cual justificaría, llevado esto al extremo, su eliminación como elementos nocivos de una sociedad. Esto último no es una mera hipótesis de laboratorio, hubo mucha gente que se alegró de que Carmen Aristegui saliera del aire, o bien que muchas personas se han pronunciado porque le retiren la concesión a Televisa o cierren diarios, de uno u otro lado del espectro. Basta recordar que hubo quien festejó con regocijo la muerte de Víctor Barrio.

El grado de civilización de una sociedad debe medirse, antes que por su trato a los animales, por el reconocimiento que mutuamente nos otorgamos como ciudadanos y personas razonables, pensantes y dignas; así como por la empatía, compasión e indignación ante la desgracia del prójimo. Para ello, es necesario sacar de la suspensión de actividades al juicio crítico, pues sólo éste es capaz de generar alternativas para construir instrumentos civilizatorios. La pura combatividad únicamente genera filias y fobias, que si no son canalizadas sensatamente, nos acercan, más bien, a la barbarie.

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Campeón gabacho

Campeón Gabacho de Aura Xilonen ganó la primera edición del Premio Mauricio Achar / Literatura Random House. Recibir un premio tiene como consecuencia que el reflector se dirija hacia la obra y el autor; más todavía si la convocatoria está dirigida a escritores que, como máximo, hubieran publicado una novela. De esta forma, de la noche a la mañana un autor prácticamente desconocido recibe la atención que corresponde al ganador de un premio avalado por el sello editorial más grande del mundo, por una de las librerías más importantes de este país como es Gandhi, así como por un jurado integrado por escritores de renombre en la república de las letras. Esto tiene la ventaja de que el autor se vuelve famoso con las entrevistas en medios, los artículos de prensa, las presentaciones en la FIL; pero también la desventaja de que la obra genera altas expectativas, por lo cual será leída, o al menos debiera ser leída, con el mayor nivel de exigencia.

En el caso de Campeón Gabacho, el jurado resolvió otorgarle el premio “por su experimentación en los planos del lenguaje, tanto en lo popular como en lo culto, que le da sentido al fenómeno de la migración. Logra construir un personaje entrañable y consistente. Es una novela de mucho riesgo y la propuesta es una picaresca moderna[1]. La experimentación en el lenguaje es un elemento que se reitera en la cuarta de forros, en la que se menciona que la historia de un migrante se cuenta en ingleñol, que no spanglish aunque nunca se explica la diferencia entre una y otra cosa. A partir de aquí, el lector ya tiene ciertas coordenadas claras sobre lo que encontrará en cuanto abra el libro y comience su lectura.

La migración es un fenómeno, casi diría natural, que enfrenta a quien abandona su país con muchos retos, contratiempos, vejaciones y humillaciones, derrotas grandes y pequeñas, victorias grandes y pequeñas, ojetes que lo acercan al abismo del hambre, el desgarramiento de su integridad (física y moral) y la muerte, pero también buenos samaritanos que lo ayudan. Los elementos literarios ahí están y si además el escritor es capaz de narrar con un lenguaje original, divertido, bien trabajado para proyectar la amalgama lingüística propia de las fronteras, en este caso de la de México con Estados Unidos, podemos encontrar una obra de alcances importantes.

Lástima que no es el caso de Campeón Gabacho, una obra radicalmente mal lograda. El tan elogiado manejo del lenguaje es preponderante desde la primera página, la autora lo maneja con soltura y seguridad para darle una voz en primera persona al protagonista, con lo que genera un tono vivencial que aparenta tener una dirección bien definida. Sin embargo, hacia la página 100 ese tono se desvanece, el ingleñol desaparece casi por completo, salvo una que otra enumeración sin sentido de terminajos chicanos, para dejarnos frente a una escritura anodina y mal ejecutada. Abundan las figuras retóricas y metáforas cursis y una adjetivación abusiva propia de los aprendices a escritor que creen que la precisión en la prosa radica en la exhaustividad y no en seleccionar dos o tres rasgos significativos y bien pensados que le den visibilidad al texto, pero que también le permitan al lector construir la escena con su imaginación.

En cuanto al tema de la migración, la novela plantea una versión bastante light del drama que pasan los mexicanos que emigran a Estados Unidos y se enfrentan a un mundo desconocido y hostil. Para contar ese drama no es necesario hacer un reguero de sangre y tripas y miembros mutilados o quemados a manos de la patrulla fronteriza o los cazadores de indocumentados, pero sí plasmar situaciones concretas que hacen que el migrante vea su futuro como una gran pared de la que no puede pasar: por ejemplo, la barrera del lenguaje, la discriminación de los lugareños, el recelo de los migrantes que llegaron antes. Sin embargo, tenemos una historia bastante simplona: un joven migrante de edad indeterminada llamado Liborio, que vive en una ciudad del sur de Estados Unidos y trabaja en una librería de títulos en español, que defiende a una morra a la que acosan los miembros de una pandilla, al que éstos se madrean en venganza, que tiene que abandonar la librería porque alguien la vandaliza, que se enamora de la morra a la que defiende, que le ayuda a robarse una medicina para su abuelo, que un día se desmaya y de pronto despierta en un albergue para migrantes, que para darle sentido a su situación de indocumentado se vuelve boxeador.

La falta de espesura y tensión al drama se debe, además, a que ni siquiera vemos a un personaje que evolucione, esto es, con un arco narrativo que derive de sus decisiones; Liborio es una mera víctima de las circunstancias y sólo baila al ritmo que el azar le marca, pero él no es el agente en el cambio del rumbo de la historia. Un ejemplo, entre muchos: el día que se lo madrea la pandilla a la que se enfrentó para defender a la morra, conoce al dueño del albergue de migrantes; pero no llega al mismo como una decisión desesperada y consciente al quedarse en una situación de vulnerabilidad; por el contrario, el día que se roban la medicina para el abuelo de la morra y huyen corriendo de la tienda, Liborio se desmaya (de una carrerita a pesar de, por otro lado, aguantar golpizas tumultuarias) y repentinamente despierta en el albergue; alguien más decidió por él y ni siquiera es claro quién.

Para que un personaje tome decisiones es necesario dotarlo de una personalidad particular, esto es, conocerlo a fondo y conocer a fondo las circunstancias en las que vive y de las que proviene; pero pareciera que la autora habla de un tema que quizá le interesa pero no le obsesiona y que, mucho menos, conoce a profundidad. No basta simplemente describir las fuerzas externas que golpean a los personajes de uno y otro lado; es necesario, para ofrecerle al lector una historia que lo enriquezca, meterse en la psique de aquéllos y saber qué harían en una u otra situación. Este conocimiento a conciencia del personaje y las situaciones que vive como migrante, se echan de menos en la construcción de la trama y el protagonista.

El desconocimiento desde el que escribe la autora se hace evidente, y quizá hasta burdo, en su absoluta imprecisión al narrar y describir el ámbito boxístico en el que se mueve Liborio, una vez que ha encontrado su verdadera vocación. De entrada, el boxeo no se trata únicamente de soltar golpes, sino que requiere de una preparación larga y compleja para adquirir una serie de habilidades necesarias para el pugilismo; las únicas cualidades de Liborio son tener una pegada sobresaliente y resistir patadas de mula, las cuales a criterio de la autora son suficientes para subirse al ring a una pelea de siete rounds, pasando por alto la técnica boxística de pegar y esquivar (convenientemente, a sus dos rivales los noquea de un golpe fulminante a los pocos segundos de iniciado el primer round). Los boxeadores no se vendan únicamente los nudillos, sino el puño y la muñeca para evitar que ésta se fracture; no existe el peso mosca ligero; previo a todo combate es necesario pesar a los contrincantes; un gancho y un cruzado no son sinónimos, sino justamente opuestos. Vamos, que todos hemos visto una pelea de box, pero pocos conocen a fondo lo que hay detrás de la preparación de un peleador, evidentemente no es el caso de la autora.

El resultado es una voz impostada, contrario, por ejemplo, a la voz absolutamente transparente de Javier Cercas, por poner un caso paradigmático de autenticidad, con un protagonista inconsistente: un migrante inculto que no sabe nada de libros ni de poesía, reconocido por él mismo, pero que es capaz de hacer sesudos análisis literarios, comparar un recinto boxísitico con la Capilla Sixtina y calificar un atardecer como rembrandtiano. No es descabellado llegar a la conclusión de que es la escritora quien habla a través de su protagonista (incluso cayendo en el súper cliché de desdeñar a Paulo Coelho), lo cual no estaría mal si no fuera porque son tan radicalmente diferentes y viven en situaciones tan absolutamente distintas. Tan es la autora quien habla, que nos avisa, a través de sus personajes, que a continuación los acontecimientos se sucederán con velocidad y señala con el apuntador luminoso en qué momento procederá a ejecutar una escritura diferente al del resto de las novelas.

Desafortunadamente, o quizá afortunadamente, no hay premio ni reconocimiento que nuble el entendimiento del lector común pero atento, ése que no sabe de vanguardias ni de técnicas innovadoras, sino únicamente de historias bien contadas y mal contadas; ése que le demuestra al escritor que es al menos igual de inteligente, cualidad que muchos autores, sea por inexperiencia, impericia o soberbia, parecen no considerar.

[1] http://aristeguinoticias.com/1307/lomasdestacado/aura-xilonen-arroyo-gana-el-primer-premio-mauricio-acharliteratura-random-house/

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Cruyff el revolucionario

En los días posteriores a su muerte, se dijo hasta el cansancio y sin pudor a repetir lo obvio, que Johan Cruyff es el padre del futbol moderno. No es que sea falso o impreciso, pues el mejor 14 de la historia (y no me estoy refiriendo al Chicharito) ejecutó como jugador y luego diseñó como entrenador, el hoy llamado futbol total. Es más bien un lugar común dicho por muchos pero entendido o, al menos, desglosado por pocos en sus obituarios. No es que me las dé de muy conocedor, pero sí de un observador del futbol en los últimos veinticinco años; a últimas fechas mi perspectiva en la grada ha migrado de la del hincha apasionado a la de gozador del buen juego, sea quien sea que lo lleve a cabo, con la única excepción del América y con algo de rencorcito cuando se trata del Madrid.

Antes de la Holanda del ’74 los esquemas tácticos eran un tanto rígidos, los jugadores guardaban posiciones muy bien definidas y se movían más o menos mecánicamente. Si uno ve un partido del Mundial del 70 hacia atrás, en general los jugadores se movían en una zona delimitada, sus recorridos estaban bien definidos, pero sobre todo el balón circulaba lentamente a la vez que cada jugador que lo recibía lo mantenía por un tiempo pasmosamente largo; hasta que llegaban los Pelés, Garrinchas, Eusebios, Charltons, Di Stefanos, tomaban la pelota, rompían el ritmo adormilado y se tiraban dos regates por la banda y mandaban un centro, o se quitaba a tres rivales en el medio campo hasta entrar al área y fusilar al arquero; por eso eran genios, porque estaban adelantados a su época y pensaban y ejecutaban con precisión a otra velocidad. El mismo Maradona del ’86 era la excepción a una selección argentina bastante mediana; para muestra los dos inolvidables goles a los ingleses en los cuartos de final, pero también los que le clavó a Bélgica en las semis.

Pues bien, Cruyff era también ese jugador que tomaba el balón y revolucionaba el ritmo del juego, lo cual alcanzó su punto máximo de visibilidad en el penal que le cometen de la final del ’74: toma el balón en el círculo central, quiebra hacia la banda izquierda, recorta hacia el centro, se mete al área y lo zancadillean; los defensores alemanes se ven como el coyote persiguiendo al correcaminos holandés. La diferencia es que Cruyff no estaba solo, sino que tenía un equipo que jugó como ningún otro había jugado, con un planteamiento táctico nunca antes visto, con un trabajo de equipo que rompió todos los esquemas: el llamado futbol total.

El futbol total se traduce, para decirlo en pocas palabras, en que los jugadores no tienen posiciones fijas, sino que pueden rotar y moverse libremente a lo largo y ancho del campo; pero no tan así, es decir, no es que no tengan posiciones fijas, pues siempre es necesario tener una línea defensiva, una distribución en medio campo y una disposición táctica para el ataque. Sin embargo, partiendo de sus posiciones asignadas, cada jugador puede ocupar, con o sin balón, el espacio que considere más adecuado en el desarrollo de la jugada. La misma jugada de Cruyff en la final del ’74 es una muestra clara de eso: él es un delantero nominal y su equipo hace una transición ofensiva, por lo que se esperaría que él ocupara la posición más adelantada en el campo; sin embargo, cuando los defensas laterales ya rebasaron la mitad del campo y los mediocampistas buscan abrir espacios, el 14 se tira hacia atrás, se ubica fuera de la marca de Berti Vogts en el círculo central y desde ahí parte hacia el área.

Las defensas rivales no estaban acostumbradas a esta desorientación de no saber qué jugador iba a aparecer en determinada zona, o en qué parcela iba a desmarcarse uno de camiseta naranja. Pero para ello se requerían dos cosas: la primera, una coordinación perfecta para no dejar zonas vulnerables, pero tampoco saturar un espacio innecesariamente; la segunda, una circulación rápida de balón. A partir de la llamada Naranja Mecánica, que paradójicamente ejecutaba un juego todo menos mecánico y más bien flexible y creativo, la velocidad del balón dio un salto cuantitativo. Y para lograr estas dos condiciones del futbol total, se necesitaban, a su vez, otras dos cosas: precisión de relojero para el toque del esférico y, sobre todas las cosas, inteligencia para tomar la mejor decisión en función de la jugada, con o sin el balón.

La grandeza de Cruyff radica en que tuvo la capacidad de llevar lo aprendido como jugador a su etapa de entrenador. En esta segunda época nació el futbol moderno con el traslado rápido del balón como característica esencial, lo cual implicó que también los jugadores ejecutaran movimientos más rápidos e intensos, en largo y en corto. Sin embargo, la verdadera revolución que llevó a cabo Cruyff como entrenador del Barcelona, fue la de la inteligencia aplicada al juego. Ese equipo que dominó la liga española, ganó una Champions y perdió otra en la final, entendía el juego como espectáculo, es decir, que no bastaba ganar sino que era necesario que el público se divirtiera. Para ello, el toque rápido, la ocupación de los espacios, el cambio de ritmo y el desequilibrio, la precisión en los movimientos. El cerebro dentro del campo se llamaba Josep Guardiola.

Sin embargo, esa revolución estaba todavía en un estado embrionario, pues este cambio de paradigma futbolístico se dio en jugadores ya hechos; el calado hondo se cocinó a fuego lento, cuando la visión del juego cruyffiano fue implementada en La Masía, las fuerzas básicas del Barcelona, que más que fuerzas básicas son una escuela en la que se forma integralmente a los prospectos. Desde niños, cuando son esponjas ávidas de conocimiento, se les enseña a pensar el juego, a entender las causas y efectos de cómo se genera un espacio, a comprender que después de tres o cuatro toques cortos, el trazo largo es automático, a cómo encontrar el espacio libre y sincronizar la llegada del balón al mismo tiempo.

Acorde con la filosofía Cruyff fueron madurados los talentos de unos tales Messi, Xavi, Iniesta, Busquets y otros, que llegaron a su madurez en los años 2008 y 2009 y quienes fueron la base del Barcelona que consiguió su primer triplete, bajo las órdenes de otro tal Josep Guardiola: no existen las casualidades en esta vida. Nunca he visto un equipo que juegue de forma más perfecta y con tal sincronización para generar un espacio, cuando un jugador jala la marca hacia el centro, otro entra por la banda, sirve el balón de primera intención a un delantero que salió unos metros de su zona para que el extremo entre al filo del área a marcar el tanto. Nunca he estado en La Masía y no conozco, evidentemente, qué es exactamente lo que les enseñan, pero al ver ejecutar a Busquets, Xavi e Iniesta (quienes deben de tener cada uno un retrato de los otros dos en su buró, de tan bien que se conocen), no puedo más que concluir que lo que ahí se les instruye es a pensar y entender el juego: ésa es la verdadera revolución de Cruyff.

Dicen que los buenos escritores son quienes dejan la literatura un paso más allá de dónde la encontraron y sólo los grandes lo han logrado; pues eso fue lo que hizo Cruyff con el futbol, lo cual no es poca cosa si tomamos en cuenta que es la más importante de las cosas no importantes, según Jorge Valdano. Y sobre esto se ha construido la rivalidad entre el Barcelona y el Real Madrid, la cual se ha vuelto mucho más fervorosa en los últimos años, puesto que antes de Cruyff el palmarés de triunfos y títulos del Madrid era aplastantemente superior al de los catalanes, incluidas sus seis Copas de Europa en los 50’s y 60’s.

Honrando a su historia, cada año el Madrid se arma para ganarlo todo, a costa de lo que sea, incluso del buen juego; si para ello es necesario renovar a la plantilla completa y al entrenador para fichar a los jugadores más caros del mercado lo hace, el dinero no es problema; a veces logra su objetivo, a veces no. Por su parte, el Barcelona intenta respetar los procesos de formación de jugadores y entrenadores, imprimir un sello y un estilo de juego propio, evidentemente conforme a la filosofía Cruyff, con la finalidad también de ganarlo todo; a veces lo consigue y a veces no. Más allá de la vertiente política (sobre todo para quienes no la entendemos ni nos interesa), es en esta diferencia de maneras de concebir el juego en que se funda la rivalidad entre los dos equipos más relevantes del mundo.

Unos se identifican más con una, otros más con otra, ambas son válidas pero excluyentes. Los madridistas argumentan que en este juego lo único que vale son los títulos y las copas, que todo lo demás es secundario. En mi opinión, y como conclusión a todo esto, los trofeos del Madrid se ven muy bonitos detrás de las vitrinas posando para los turistas. Sin embargo y por el contrario, la revolución de Cruyff está viva y se manifiesta cada ocho días en el campo de juego, se reproduce en ese lugar del cerebro de los aficionados en el que experimentan el goce y se replica en su memoria el resto de la semana; si además se logran los títulos, entonces hablamos del verdadero futbol total.

Postdata.

Una última provocación a los madridistas: una cantaleta que repiten cada que gana el Barcelona, es que éste es pura moda y que sus hinchas, al menos en México, son de reciente generación y sólo porque han ganado a últimas fechas; mientras que el madridismo se ha forjado a lo largo de los años y gracias a una historia gloriosa. Que me perdonen, pero los seguidores mexicanos al Madrid que andan en los treinta y tantos, generaron su afición cuando en los ochentas Hugo Sánchez fue fichado por los blancos y cada ocho días en Televisa nos pasaban sus partidos, época en la cual, por cierto, ganaron cinco ligas seguidas: o lo que es lo mismo, su afición también es producto de una moda.

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La realidad en la pantalla grande

Al recibir el Óscar a mejor cortometraje documental por A Girl in the River – The Price of Forgiveness, Sharmeen Obaid Chinoy enfatizó que el poder del cine radica en cambiar el estado de cosas cuando éste es injusto; ello, ya que después de ver el documental el Primer Ministro Pakistaní decidió impulsar un cambio en la legislación relativa a los crímenes de honor, sufridos primordialmente por mujeres que hubieran deshonrado a su familia. Yo diría que es el poder del arte en general, así como del periodismo, fuentes de las que se nutre el cine documental.

Pero no sólo el cine documental, ya que es de llamar la atención que en la entrega número 88 de los Óscares muchas de las películas contendientes en diferentes categorías están basadas en hechos reales; es el caso de Joy, El renacido, La chica danesa, pero de forma sobresaliente Spotlight de Tom MacCarthy y La gran apuesta de Adam McKay. En mi opinión, estas dos cintas son las más distinguidas de todas las que compitieron y fueron premiadas, puesto que abordan dos temas relevantes de la actualidad y que, al hacerlo, nos ayudan a entender mejor el mundo en que vivimos, los grandes choques culturales que sufrieron las sociedades occidentales en la primera década de este siglo.

No por nada ambas películas ganaron las categorías a mejor guión, Spotlight por original y La gran apuesta por adaptado (con todo y que el libro en que está  basado es de no ficción, es todavía más mérito lograr traducir su contenido al lenguaje narrativo). Es curioso, ahora que lo pienso, que cuando llega la época de los Óscares a la gente en general no le interesan demasiado las categorías de guión, aun cuando primordialmente vamos al cine a ver una historia y nuestro juicio sobre su mérito (vamos, que si la recomendamos o no a nuestros amigos) se forma en función de qué tan buena es la trama. Sin embargo, las pláticas se concentran en las actuaciones, la dirección, la fotografía y en la categoría de mejor película. Pero se le pone poca atención al fundamento mismo de todo filme, sin guión no hay nada, sin escritores no hay película, pues es el cimiento sobre el que se construye todo lo demás; no por nada, El renacido con todo y su gran fotografía, su gran dirección y la tan cacareada dificultad técnica y demanda física y psicológica para su realización, no ganó el premio mayor de la noche, pues su guión ni siquiera estuvo nominado.

Pero volvamos a Spotlight y La gran apuesta: la primera trata sobre la investigación periodística realizada por el Boston Globe a principios de los 2000, respecto del abuso a menores por parte de sacerdotes de dicha ciudad, así como su encubrimiento por la jerarquía católica en Boston y, presumiblemente, desde el Vaticano. Después de un trabajo periodístico realizado a la antigüita, es decir, cuando el internet no era una herramienta tan preponderante como hoy, se logran documentar montones de casos de abuso infantil. La tensión narrativa se logra a través del esquema tradicional de poner obstáculos en el curso de la investigación, obstáculos que provienen desde los interesados en ocultar los hechos, es decir, la Iglesia católica y muchos feligreses que se niegan a creer que los sacerdotes puedan ser capaces de tal horror. El tono es sobrio y mesurado, pues lo que menos quiere McCarthy es alimentar el morbo propio de toda situación con implicaciones sexuales.

Sin embargo, lo que logra la hondura dramática de la cinta son los testimonios de las víctimas del abuso ya que son adultos; se denominan a sí mismos como sobrevivientes, puesto que muchas de las víctimas terminan suicidándose. El guión se apunta un tanto al no caer en el recurso fácil de explicitar las violaciones, al menos no de forma abusiva, pues no hay flashbacks al momento de los toqueteos y vejaciones, además de que están manejados con sutileza los relatos de los sobrevivientes. Creo que es mucho más perturbador ver en escena a personas con personalidades rotas, inseguras, con manías y tics incluso físicos y con una sed de justicia que raya en la venganza, la cual los hace colaborar con abogados y periodistas para destapar el escándalo, incluso teniendo que enfrentarse conscientemente a sus recuerdos y traumas.

Por su parte, La gran apuesta se sumerge en la crisis financiera de 2008 en Estados Unidos, indagando en las causas y efectos de que la burbuja inmobiliaria se haya tronado llevándose consigo al carajo a la economía mundial. Para ello, recurre a una estructura mucho menos convencional, sustentada en un ritmo acelerado, una edición caleidoscópica y una fragmentación del protagonismo, no hay un personaje central de la trama, sino cuatro o cinco polos que generan el equilibrio de fuerzas. Una nota relevante de la cinta son los diálogos: ágiles, rápidos, llenos de ironía y humor negro, pero sobre todo incomprensibles para quienes no conocemos la jerga financiera. Afortunadamente para los ignorantes, ahí están Selena Gómez, Anthony Bourdain y Margot Robbie para explicarnos, con peras y manzanas, algunos de los elementos fundamentales que le dieron al traste al mercado inmobiliario; esos cameos de celebridades son un ejemplo claro de licencias narrativas innovadoras, que rompen con los esquemas tradicionales, bien implementados y que, lejos de generar ruido innecesario, le dan textura al relato.

El gran mérito de La gran apuesta es que no es necesario entender qué es uno u otro esquema financiero o clase de bono o calificación de riesgo, para al final entender que una mafia de corredores financieros, calificadoras, bancos y otros agentes de Wall Street, se dedicaron a conceder créditos hipotecarios a cualquiera, sin verificar su solvencia y sin hacer un apropiado análisis de riesgo, con tal de obtener una comisión por la colocación de los recursos y hacerlos circular. Y para entender que hubo unos cuantos que no se dejaron arrastrar por la vorágine inmobiliaria, y se dieron cuenta que llegaría un momento que la situación de ese sector sería insostenible; estos buenos observadores decidieron, sin embargo, apostarle al colapso y no sólo esperarlo, sino detonarlo. La cinta funciona porque, para abordar un tema tan global y técnico, el enfoque desciende a personas concretas y sus dilemas particulares, además de un tono sarcástico y humorístico que te predisponen a un mejor entendimiento, así sea a costa de más de una risa de indignación.

Ambas cintas atacan directamente a dos instituciones poderosas del establishment que, de una u otra manera, rigen, condicionan o al menos influyen la vida de muchísimas personas en el mundo: la Iglesia católica y Wall Street. Una a través de la fe y el miedo, la otra a través del dinero y el miedo. Son historias tan potentes que no requirieron de ningún despliegue de pirotecnia cinematográfica, bastó con poner todos los recursos en función de la trama para contarla bien contada; pero no sólo de manera eficaz y solvente, sino con profundidad dramática y con una serie de cuestionamientos éticos y morales.

La línea obvia por la que se abordan los temas es la de la denuncia: a la corrupción de las instituciones, de la colusión entre personas concretas, con nombre y apellido, que conocieron, permitieron y además escondieron el abuso infantil y la colocación de hipotecas basura. En función de un interés personal, económico y político, pasaron por alto el daño potencial y presente que podría causarse, y se causó, a terceros concretos, como a los niños abusados y a un montón de gente que se perdió su casa y su trabajo.

Sin embargo, el planteamiento del problema no se queda en la mera denuncia; también hay una especie de autocrítica a quienes no fueron responsables directos, pero que algo tienen de culpa. En Spotlight vemos a los abogados que aceptan llevar las negociaciones con las víctimas a efecto de silenciarlos a cambio de dinero; pero no sólo ello, sino que se plantea la posibilidad de que alguien desde dentro del Boston Globe quiso entorpecer las investigaciones periodísticas, al esconder o no distribuir material que, tiempo atrás, les hicieron llegar los sobrevivientes e incluso los abogados que luego gestionaron los acuerdos con aquellos.

En el caso de La gran apuesta esa autocrítica es todavía más directa: los outsiders que detectaron la pronta explosión de la burbuja no hicieron nada para detenerlo, sino todo lo contrario, la pincharon y se beneficiaron de ello. El personaje de Brad Pitt lo señala de manera explícita: si tienen razón en su predicción y, por tanto, ganan su apuesta, millones de personas se irían a la ruina, como eventualmente sucedió. Por su parte, al personaje de Steve Carell lo vemos bastante abatido al final de la película, por haber acertado en su pronóstico.

La hipótesis de ambas cintas es que ante eventos tan dramáticos y devastadores, la culpa no sólo se concentra en unos cuantos, sino que se extiende a todos aquellos que por omisión y con pleno conocimiento, dejaron que sucedieran las tragedias. La otra hipótesis es que por ambiciones personales, quienes están en posiciones de poder y decisión pueden dejar pasar abusos y perjuicios a terceros, en lo individual y en lo colectivo, negándose a entender que la mejor manera de que una institución sea poderosa es que tenga credibilidad y que, para ello, es necesario eliminar y expurgar de forma pública a sus elementos nocivos.

La gran moraleja es que personas individuales, con tenacidad, inteligencia y audacia pueden derrotar o, al menos, evidenciar al sistema. Hoy sabemos lo que ocurrió en Wall Street en el 2008 y lo que ha sucedido en muchas parroquias católicas durante muchos años, lo cual en sí mismo es un revés para el establishment y una victoria de la verdad. ¿Algo ha cambiado? Para ser sinceros, quien sabe, pues el abuso infantil de parte de sacerdotes no se ha erradicado; de igual manera, según el texto al final de La gran apuesta, hoy en día se siguen colocando instrumentos tóxicos en los mercados financieros. Pero siempre es mejor saber que no saber, al menos ahora el ciudadano común tiene conocimiento de que tales cosas suceden, lo cual es el primer paso para que las leyes y los gobiernos se interesen por castigar a los pederastas religiosos y por regular los mercados financieros, situaciones que hasta hace poco parecían remotas (por lejanas, no por excesivamente pachecas).

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Star Wars: The force awakens

Reseñar el más reciente episodio de Star Wars no es cosa fácil para un fan, un fan que durante alguna etapa de su adolescencia se obsesionó con la primera trilogía, al grado de recitar de memoria diálogos de secuencias enteras. No es fácil porque puede caerse en uno de dos extremos: o pasar por alto sus defectos, como con una novia de la que se está ciegamente enamorado (a pesar de que todos los demás vean sus efectos destructivos); o bien ser más papista que el Papa y sentirse defraudado por cualquier elemento que se aleje de la esencia (lo que sea que se entienda por esto) de la trilogía original, la de siempre, la de culto, la que no podrá ser igualada jamás (como fue el caso de muchos cuando salió la segunda trilogía, la cual a mí me parece que cumple, incluso con momentos sobresalientes y secuencias memorables en La venganza de los Sith).

Fui a ver The force awakens con un ánimo sincero de disfrutarla, pero también con ciertos reparos sobre el efecto Disney en la trama, en la profundidad y complejidad de los conflictos, en la lucha familiar de los Skywalker, vamos, en eso que ha generado legiones de seguidores y adeptos de esta franquicia, una cuasi-religión como la de los Jedis. Si tuviera que resumir mi impresión de la cinta en unas pocas palabras, diría que tiene aciertos notables, pero también inconsistencias bastante evidentes. Antes de desarrollar mis conformidades y mis reparos, cabe advertir a quien no haya visto la película que detenga aquí su lectura (y vuelva a ella inmediatamente al terminar la función), pues es necesario, para valorarlos, revelar algunos aspectos fundamentales de la trama.

Sustancialmente tiene varias virtudes: la primera, que es una historia que se deja ver bien, con una trama fluida y cuyo ritmo es constante, gracias a las secuencias de acción, las batallas entre X-wings y Tiefighters y los duelos con sables de luz; así como por los pocos momentos del conflicto familiar de los Skywalker, siempre bordeando el filito entre el bien y el mal. En esta ocasión, guionistas y director nos ahorran un montón de secuencias largas, aburridas y tediosas de las cuales sobran en la trilogía original y, ni se diga, en las precuelas, como la infamemente larga carrera de vainas en La amenaza fantasma. La película también prescinde de una intriga política demasiado espesa, como todo el entuerto de la Federación del Comercio en los episodios I, II y III del cual, he de confesar, poco entendí y nada recuerdo.

La segunda, que prácticamente todos los personajes caen bien, tienen sus complejidades y una función en la trama, salvándonos de algún equivalente del absurdo e insoportable Jar-Jar Binks. El nuevo depositario de la esperanza de traer orden a la galaxia a través de la Fuerza, es una pepenadora de chatarra en un planeta desértico, quien por virtud de la Fuerza misma, nada hay de casualidad en ello, se une a la resistencia frente al Primer Orden, una reencarnación, a partir de sus restos, del Imperio Galáctico. Rey es, digamos, la nueva versión de Luke Skywalker, pero mucho más audaz e intrépida, desde su primera aparición muestra una fuerza y habilidad física, así como una templanza de carácter que aquél sólo desarrolló con el tiempo. Rey sabe que la vida es dura, que tiene que vérselas por sí misma, pero también está esperanzada en que un día regresarán sus padres, quienes la abandonaron (o de quienes la despojaron, queda la duda) cuando era niña. Este primer esbozo genera la promesa de que se convertirá en una Jedi con un poder y un carisma pocas veces visto.

Tenemos también a Finn, un Storm Trooper que siente el llamado del bien y deserta, para unirse a la resistencia y, ternura, se enamora de Rey, pero gracias a lo cual la trama se mueve, cuando hay que irla a rescatar de la base militar del Primer Orden, una nueva Estrella de la Muerte, pero mucho más grande y destructiva. Su arranque de valentía es sobresaliente: dice conocer al detalle los escondrijos de dicha estación de batalla cuando en realidad trabajó en intendencia durante su construcción. Finalmente, están Chewbacca, Han Solo y Leia, cuyos personajes y actores asimilan muy convincentemente las funciones propias de su edad (treinta años después de que los dos últimos rompen el turrón y se vuelven pareja) y de su calidad de leyendas de la Galaxia.

Un último acierto más allá del buen funcionamiento de la trama y relativa al drama familiar: Leia es la líder de la resistencia y Kylo Ren, el segundo de a bordo del mero mero chingón del Primer Orden, es su hijo con Han Solo. Nos enteramos que Kylo fue entrenado por Luke y posteriormente seducido por el lado oscuro, lo que provocó el rompimiento entre Leia y Han. Por tanto, la lucha de la General Organa es contra su propio hijo lo cual, eventualmente, puede desembocar en la muerte de uno de ellos a mano, directa o indirectamente, del otro. La riqueza de la saga radica en que los Skywalker son al mismo tiempo héroes y villanos, veremos si Kylo pasa a ser un antihéroe a imagen y semejanza de su abuelo.

A pesar de que es una película que no defrauda a los fans y que además, no es poca cosa, agrada a los no fans (Jimena, por ejemplo, no sólo no se durmió, sino que ya vimos la trilogía original en un maratón sabatino), se queda corta en el desarrollo de la drama, además de que tiene algunas inconsistencias que no se debieran escapársele a ningún fan. En primer lugar, The force awakens no lleva más allá la historia de la Galaxia ni de la familia Skywalker: no los lleva más allá no porque no sucedan cosas después de las películas que ya conocemos, sino porque no añade ningún elemento nuevo; la historia del Episodio VII es una nueva versión del Episodio IV, con referencias a veces hasta burdas a la cinta primigenia: una institución tiránica que domina la Galaxia, un malo muy malo, un segundo de abordo que hace el trabajo sucio a través del poder del lado oscuro, una rebelión frente a los tiránicos, un trío de jóvenes audaces que llevan información fundamental para la resistencia, un androide carismático que porta dicha información, un viejo mentor que encamina a los jóvenes hacia su destino, una estación de batalla de los malos que es destruida por el tiro certero en una rendija específica que va hacia el centro de su generación de poder.

Hubiera querido pagar un boleto para ver algo diferente al Episodio IV, el cual puedo poner en Netflix cualquier día. Pero no sólo ello: si bien le da un giro inesperado y abre complejas posibilidades el hecho de que Kylo Ren sea el hijo de Han y Leia, la trama se queda corta en el desarrollo de este aspecto fundamental, pues Kylo Ren no tiene un verdadero conflicto, en realidad no siente la luz como su madre pretende y, al parecer, está claramente definida su lealtad a Snoke. Así como no libra una lucha interna, tampoco la encarnación del lado oscuro tiene una contraparte igualmente intensa que encarne el lado luminoso de la Fuerza, pues Rey, por más que se vislumbre como una Jedi muy poderosa, no ha sido entrenada para desarrollar sus habilidades.

Aunque es otra referencia a Una nueva esperanza, (un tocado por la Fuerza que no sabe del poder que lleva dentro lucha contra lado oscuro) en aquélla Luke nunca enfrenta directamente a Darth Vader, como sí sucede con Rey y Kylo Ren. Ésta es la inconsistencia más evidente, que un portador de la Fuerza pero sin entrenamiento dé batalla a un caballero oscuro plenamente capacitado, simplemente es algo que no cabe en la lógica del desarrollo de los Jedis (baste recordar que En el imperio contraataca, Vader domina a Luke sin siquiera emplearse a fondo). Si bien es una incongruencia temática, trasciende al fondo de lo que es Star Wars: el bien y el mal no se confrontan en igualdad de circunstancias, mediante un duelo intenso y espectacular de sables láser, de cuyo resultado dependan la estabilidad de la Galaxia y, sobre todo, el equilibrio de la Fuerza. El duelo entre Rey y Ren está lejísimos del de Vader contra Luke (El regreso del Jedi), del que enfrentó a Darth Maul con Qui Gon Jinn y Obi-Wan Kenobi (La amenaza fantasma) y, ni se diga, del de éste último con Anakin ya convertido al lado oscuro (La venganza de los Sith).

En conclusión, El despertar de la Fuerza cumple con las expectativas de una película de acción y ciencia ficción, con una trama entretenida y de ritmo constante, lo cual según muchos se debe a que George Lucas no metió demasiado la mano; sin embargo, la no intromisión del creador de este universo provoca una falta de intensidad en la permanente lucha entre la luz y la oscuridad, entre el uso virtuoso y perverso de la Fuerza. Veremos si los siguientes episodios son más arriesgados al abordar el aspecto profundo de la Fuerza, o bien se mantienen en una franja de seguridad apelando a la pura nostalgia, la cual sirve únicamente como gancho, pero no como hilo conductor.

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